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La Nave Alfa es una gran base móvil, una inmensa ciudad en cuyo seno grupos de consciencias estelares trabajan definiendo los procesos de cura, harmonización y transformación de las especies terrestres, preparándolas, según los arquetipos lumínicos procedentes del gobierno central, para el cambio evolutivo que este planeta deberá asumir en breve.
[Sebastián
Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

LA CRUZ DE HIELO

LAS SALAS DE Târâ
(III)

8.
LAS SALAS DE Târâ
(
PARTE III )
Arânah,
esbozó una divertida sonrisa…
-
Sí, a mí también me agradaría saberlo, pero me
temo que para conocerlo deberíamos regresar a mi pasado; precisamente, para
rescatar esa parte del rumbo secuencial de los acontecimientos, que ahora hemos
perdido… temporalmente, claro está. Cuando se avanza demasiado por el
“futuro” relativo, se pierden ciertos “detalles” del pasado que también
tienen su importancia “relativa” en el “presente”.
A Atmah,
aquello le sonó sospechosamente familiar, y muy relacionado con aquellas
disertaciones de su antiguo maestro Djul Nor, cuando éste le aleccionaba acerca del relativo
discurrir del tiempo y el desplazamiento de los seres y sus consciencias en su
alrededor. ¡Claro que él conocía el desplazamiento astral a través del
tiempo…! Pero aquello es distinto. En sus viajes astrales, él solo era un
espectador pasivo de los
acontecimientos que se desarrollaban en el Akasha. Así, en ese tipo de
desplazamientos no se participaba activamente en los acontecimientos reales, ni
se podían cometer actos transcendentes en el Espíritu del Devenir.
Sin embargo, su nuevo guía se encontraba ahora
realmente delante de él, habiendo venido, según informaba, de otro núcleo
temporal no secuencial con el presente. Atmah sabía que su guía, como gran iniciado del Espíritu
del Devenir, podía ser consciente en una dimensión atemporal desde la que se
proyectaba según las necesidades de su tarea sobre los
núcleos temporales en constante transformación…
Y sin mayor dilación Arânah, realizó una pregunta
inusitada a Atmah:
-
Atmah.
¿Deseas acompañarme en el viaje atemporal a través del Espíritu del Devenir?
Aquella pregunta dejó abrumado a Atmah, un ser de tercer nivel,
como era él… ¡No tiene potestad para viajar a través del Espíritu del
Devenir! Y su nuevo guía más que nadie debería saberlo.
Casi adivinando los pensamientos de Atmah, Arânah se proyectó sin mayor
ceremonia sobre la mente de Atmah,
creando una situación de pánico y alarma como jamás hubiera vivido el
asombrado ayudante intraterreno.
El
Matih-Apaneya,
es un protocolo muy estricto que implica que bajo ningún concepto un ser puede
entrar en el núcleo mental-espiritual de otro ser sin su autorización.
Atmah,
sintió en un primer momento la invasión poderosa de su cuerpo de luz por parte
de la consciencia de su nuevo guía, y Hermano Mayor Galáctico. Y recordó
estupefacto aquellas historias de los Ángeles Caídos e incluso, al causante de
la gran sombra: Ildabaoth…
Recuperando el control rápidamente, intentó recordar los Mantras de protección
mental que aprendiera tiempo atrás;
pero algo le decía que aquella intrusión era algo natural y hasta familiar…
-
Atmah…
¡No temas! Tú y yo somos en realidad el mismo Ser, nuestras Mónadas
son hermanas, y
nuestro Padre, el núcleo cósmico, es el mismo Regente Avatar…
Atmah,
advirtió como la figura de Arânah
se diluía ante él, y en su lugar una llama de fuego cósmico se elevó con un
rugido y un viento ensordecedor. El núcleo Monádico, cubrió toda la estancia dejando a Atmah en su centro.
-
¡No temas, Yo habito en ti por la gracia del Padre
Creador…! Procedo de Él y soy Él. Soy tu Mónada, y te conduciré por los
caminos reservados a los incansables navegantes que siguen impasibles a la
estrella rutilante que los conduce al Origen de su Esencia.
Atmah,
se encontró en ese mismo instante en un plano oscuro y sin límites
observables, una inmensa extensión del vacío absoluto sin tiempo ni espacio. A
su alrededor, Siete gigantescas lenguas de fuego le rodeaban en un silencioso
llamear. El suelo negro azabache reflejaba el poderoso flamear de las llamas,
pero en lugar de Siete, solo reflejaba Cinco magníficas columnas de
fuego invertidas que formaban un pentágono regular, mientras que las Siete originales
lenguas de fuego formaban un eptágono perfecto, en el centro del cual se
encontraba él.
Las Siete columnas de fuego comenzaron a girar en su
derredor, y al tiempo que lo hacían, cada una de ellas entonó una nota musical
que oscilaba en una variedad de armónicos monocordes basados en armaduras cromáticas
de una sola nota, que representaban a cada una de las Siete lenguas de fuego; los
intervalos se invertían del unísono a la octava, de la segunda a la séptima,
de la tercera a la sexta y de la cuarta a la quinta, siendo esos intervalos
justos y consonantes. Sus colores variaban cromáticamente siguiendo la armadura
tónica de la clave musical, y se mezclaban formando signos y figuras que se
presentaban ante Atmah, en todo su fulgor.
La sucesión
de formas y figuras variaban según la diferente modulación de los colores y
las notas musicales, creando éstas, imágenes de las vidas pasadas y futuras de
Atmah, que
éste, a duras penas reconocía entre los hierogramas, números y signos que
formaban el entramado de las propias imágenes.
En un momento
determinado -que Atmah
no sabría precisar en la secuencia de eventos-, una de aquellas llamas
vivientes se detuvo ante él y le habló con una voz de trueno que parecía
absorber el sonido armónico de las otras llamas:
-
Yo Soy el Primer Poder del Regente. La Infinitud de
su obra, de su sonrisa y de su misericordia. Así como es infinita la sombra de
su luz, la infinitud de su misericordia permite al absoluto habitar en lo
limitado de la materia.
La segunda
llama se paró delante de él y clamó en su magnificencia:
-
Yo Soy el Segundo Poder. La Perfección de su obra;
la perfección que existe en todo lo creado y lo increado, la inmutable mano del
destino que guía a los universos a través del devenir.
Y
en una sucesión de eventos perfectamente sincronizada, el Tercer Poder se
manifestó en su inmovilidad:
-
Yo Soy el Tercer Poder del Regente. Su Justicia, la
misma que siguiendo la Ley de la Retribuciones asigna a cada ser la recompensa
según sus actos.
La cuarta
llama habló:
-
Yo Soy el Cuarto Poder del Regente. Su Misericordia,
la que reconoce los defectos y debilidades de sus criaturas y les alienta en su
camino ascensional proporcionándoles el consuelo y el aliento requeridos en
cada caso.
Y a continuación
habló la quinta:
-
Yo Soy el Quinto Poder del Regente. Su Amor, aquel
que rebasa todos los muros y todas las puertas, para hacer libres a sus
criaturas de las cadenas de la materia.
Cuando le llegó
el turno a la sexta llama, ésta se detuvo delante de él y comenzó su plática
soberana:
-
Yo Soy el Sexto Poder del Regente. Su Bondad, la
bondad que palpita en cada uno de sus actos y proporciona la Fe a todos los
seres evolucionarios para que traspasen el muro de ilusión que la materia teje
a su alrededor.
Por
último se detuvo la séptima llama y su voz de trueno se hizo escuchar:
-
Yo Soy el Séptimo Poder del Regente. Su Belleza, la
belleza que rige el fin de todos sus actos y la simetría en todas sus acciones,
la que equilibra los mundos y justifica su obra.
En el
momento en que todas las columnas de fuego se hubieron detenido, las figuras
llameantes se unieron a la última que había hablado, en un movimiento lento y
armonioso, cuando la última figura se hubo fundido en la llama común, todo se
detuvo de repente; la música paró, la danza de colores se deshizo, y hasta el
mismo fuego de las llamas desapareció.
Se encontró ahora delante de una figura que le costó reconocer como la de Arânah, pues ésta de hallaba
duramente transformada, su rostro estaba formado por tres caras iguales, una
frontal y dos laterales que reflejaban tres rostros exactamente idénticos,
el rostro central lo miraba transluciendo una paz y una armonía especiales,
como si el conocimiento de la unidad íntima con aquel ser fundiese sus almas en
un estado que transcendiera toda individualidad.
La figura tricéfala en la que se había convertido
ahora Arânah, se dispuso a hablar, pero justo cuando abrió
su boca, las tres figuras de sus tres rostros comenzaron a cambiar rápidamente
de forma, representando a todas las humanidades de la galaxia en las que habían
encarnado las distintas prolongaciones del Regente Avatar. Las palabras que
pronunciaba eran vertiginosas y carecían de sentido para Atmah que en su estupor
observaba el vertiginoso discurrir de las múltiples y diferentes caras que
componían momentáneamente cualquier rostro de la figura tricéfala.
En un punto de la transformación mutante, los tres
rostros que formaban ahora la cabeza de Arânah,
se consolidaron en tres caras que permanecieron inmutables, la central era el
conocido rostro de Arânah,
su actual guía, la de la izquierda era un rostro difuso, aún por definir, y el
de la derecha... ¡Era su propio rostro!!!
Creyó desvanecerse con la impresión, como si un vértigo lo arrastrase al ver
su rostro en la cabeza de Arânah,
pero se repuso al instante, aunque sólo para comprobar que la perspectiva había
cambiado de repente, y delante de él ahora ya no se encontraba su nuevo guía,
sino un vacío sin límites, intentó moverse, pero su cuerpo sutil no reaccionó,
y casi sin proponérselo asumió su nueva realidad actual... Él se encontraba
fundido en el cuerpo sutil de Arânah,
su consciencia vivía ahora en el
segundo rostro, y
algo le decía que por algún tiempo esto seguiría siendo así.
La voz mental
de Arânah,
sonó dentro de su cabeza:
-
Atmah,
me temo que ahora no tienes otra elección más que acompañarme en el
viaje atemporal a través del Espíritu del Devenir.
Su voz sonaba divertida y su talante alegre, pero a Atmah todo aquello no le
comenzaba a hacer ninguna gracia, el hecho de no poder ver a alguien con el que
hablas, unido a no poder controlar el cuerpo astral en el que habitas era una
experiencia nueva para él y no muy agradable...
Al instante Atmah notó una aceleración y una sensación borrosa en
su mente, la cual le indicó que se había vuelto a iniciar el cambio
adimensional que le transportaría hacia algún remoto lugar. Ante él, aparecía
ahora su querido planeta, la Tierra, en medio de un espacio galáctico plagado
de otros planetas, estrellas y magníficas nebulosas que como las flores de un
hermosísimo jardín ensalzaban la perspectiva que se fundía, como un cuadro de
fondo, sobre el entorno donde descansaba el maravilloso planeta laboratorio que
se extendía debajo de ellos.
Miró hacia delante, al misterioso punto donde se dirigían; ante ellos, una
enorme formación circular de energía radiante, les esperaba,
y parecía hacerles señas pulsando una pequeña luz en uno de sus
extremos, con la que, la Nave Comandante del Hemisferio Norte terrestre les daba
la bienvenida.
Atmah
la reconoció al instante aunque nunca había estado en ella; era la Nave Alfa.
La Nave Alfa es una gran base móvil,
una inmensa ciudad en cuyo seno grupos de consciencias estelares trabajan
definiendo los procesos de cura, harmonización y transformación de las
especies terrestres, preparándolas, según los arquetipos lumínicos
procedentes del gobierno central, para el cambio evolutivo que este planeta
deberá asumir en breve.
Él conocía que en esa nave, se desarrollaba el control de la transmutación de
energías cósmicas, el cambio genético y la modificación del sistema energético
de los seres humanos, así como el de los demás reinos de la naturaleza que
acompañarán al planeta en su transformación.
Su comandante en jefe: Ashtar Sheran, es una alta jerarquía cósmica
de un gran ámbito de influencia, pues mantiene contacto con varias energías
extra-galácticas que unifican los procesos de cambio entre galaxias lejanas. Ashtar Sheran promueve así
transformaciones potentes entre todas las jerarquías y especialmente entre los
seres humanos, en los cuales ejerce su influencia.
Al entrar en el aura de la Nave Alfa, Atmah sintió una energía
vivificante y muy poderosa que les daba la bienvenida. En el interior, la
multitudinaria actividad producida por la presencia de grandes seres encargados
de actividades evolutivas de gran trascendencia para el planeta, se unía a la
solemnidad y el sosiego que presidía todos y cada uno de los actos, que
invitaban al recogimiento y entrega a la realidad interior.
Atmah
se dio cuenta de que su ingreso en la nave coincidía justamente con una
asamblea de seres, de alto nivel evolutivo, y todos ellos eran conducidos, de
una manera intuitiva, a una gran sala de extraña apariencia que ocupaba el
corazón de la nave.
La grandiosa sala perfectamente
esférica, parecía sin más, una
sala inmensa de paredes nacaradas que reverberaban con miles de reflejos
irisados contrastando con el blanco brillante de su superficie. Los seres que
entraban en dicha sala volaban en su interior formando círculos en todas las
direcciones de la gigantesca esfera. Cada uno de los seres que formaban la
inmensa multitud en el interior de la sala esférica, dejaba tras de sí, en su
vuelo circular, una estela de luz blanca purísima que parecía adherirse a las
paredes de la esfera y ser la causante del nacarado acabado interior de la
misma.
En un momento determinado, difícil
de precisar, las paredes de la esfera desaparecieron, y en su lugar el imponente
paisaje estelar del exterior de la nave apareció ante ellos con toda su
magnificencia.
Él
era consciente de que esa nueva imagen ya existía ahí desde el primer momento
de su ingreso en la gran sala; sólo era cuestión de tiempo adaptarse a la
sublime frecuencia de vibración en la que la nueva reflexión de las esféricas
paredes polarizaba la luz para mostrar el inmenso cosmos al descubierto.
La Tierra de perfilaba ahora con una multitud de
detalles nunca antes observados por Atmah en
su conjunto. Se podían observar las dos realidades terrestres, el mundo de
superficie y el mundo intraterreno en superposición. La corteza terrestre
aparecía extrañamente transparente dejando ver a su través, las ciudades y núcleos
etéricos intraterrenos como puntos de luz rutilantes. El magma central que
separa a los dos mundos fluía por su interior como si la sangre de un ser vivo
se tratara alimentando todos sus órganos en su eterno devenir. Los vórtices
principales de la red magnética planetaria y las partículas energéticas salían
como inmensos surtidores de unos centros, hacia el cinturón de radiación
planetario, retornando a los vórtices situados en el otro hemisferio en un
intercambio energético constante y vital para el planeta, pues ese mecanismo
sutil constituía su red etérica, la savia de vida planetaria.
Miles de detalles más eran ahora directamente
perceptibles por Atmah;
quién girando la cabeza, reparó
ahora en cómo la pálida Luna descubría los secretos que guarda en su
interior; naves galácticas y sistémicas entraban y salían
de las ciudades de su interior en el cumplimiento de sus diversas
misiones. Los demás planetas del sistema solar eran también observables a su
trasluz adivinándose las distintas obras de sus civilizaciones sutiles y la
estructura etérica que las representaba como esferas de cristal de múltiples
reflejos internos.
Al girar su vista hacia el Sol,
sus tres núcleos quedaron perfectamente
visibles: El sol físico, el anímico y el espiritual se diferenciaban
claramente, así como sus tres niveles de radiación, la cual, como una bendición
constante bañaba a todos los planetas de su sistema y se extendía hacia el
exterior de éste para iluminar las tinieblas del frío espacio intergaláctico,
el Khum, el Agua del Espacio,
por donde únicamente navega Anu.
La inmensa y bellísima escena, impresionó a Atmah vivamente. Durante su
servicio en la órbita planetaria en una de las dos gigantescas naves de
acoplamiento jupiterinas, no había observado un cosmos tan vital y armónico
como el que ahora observaba desde la Nave Alfa.
Ahora él observaba con una
perspectiva nueva la gran obra creativa del Ser Supremo y su infinita
grandeza.
De
repente, algo llamó extrañamente la atención de Atmah;
sobre la superficie de su querido mundo, aquí y allá, unas sombras astrales se
materializaban sobre el planeta, cubriendo su aura con ignominiosas manchas que,
como costras en el velo sutil del planeta, envenenaban el entorno psíquico y etérico
de la Tierra. En el plano físico inmensas llagas mostraban las mortecinas luces
de las ciudades terrestres, que cubrían la mayor parte de su superficie,
semejantes a úlceras sangrantes que un inmenso animal moribundo exteriorizase
tristemente sobre su piel enferma. Esa era la apariencia exterior que mostraban
los países eufemísticamente llamados “desarrollados”. En cuanto a los
“no desarrollados”, esas mismas heridas sangrantes no significaban la polución
y el derroche de energía de sus desorganizadas ciudades, sino la destrucción y
devastación protagonizada por los gigantescos incendios que agotaban y
marchitaban a la exigua Naturaleza, que a duras penas se arrastraba aún por la
corteza terrestre en sus últimos estertores.



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