|


Los grandes seres que encarnan para guiar a la humanidad, deben rompen las viejas estructuras anquilosadas y desvitalizadas por los milenios de vicios e imperfecciones que han sido acumulados en las antiguas religiones, donde el auténtico mensaje queda cristalizado y desvirtuado por las castas sacerdotales que pretenden detentar el uso de la “verdad”.
[Sebastián
Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

LA CRUZ DE HIELO

LA LUZ DE
Mihael
(II)

7.
LA LUZ DE
Mihael
(
PARTE II )
Pero
la potencia Crística no puede ser encerrara entre muros físicos, ni embalsada
en diques, ella fluye viva como el torrente poderoso que no conoce obstáculos.
Por
eso, una gigantesca figura nace en la primera centuria del recién constituido
mundo cristiano para reconducir hacia la luz a la descarriada hueste. La misma
que terminaría construyendo una iglesia institucional, la cual, a partir del
Concilio de Nicea en el año 325 d. C. se une de facto al poder de Roma mediante
el influjo del emperador Constantino.
Esa
figura que nace para reconducir el torrente Crístico fue conocida como Apolonio de Tyana…
El
‘Sabio de Tyana’, surge como un eco histórico del monumental impacto cósmico
que representó el advenimiento de Cristo a éste humilde planeta. Apolonio de
Tyana representó los valores espirituales y preconizó las doctrinas de Cristo,
teniendo como objetivo la canalización adecuada de la energía Crística sobre
la superficie del planeta. Él fue,
además, líder y maestro de los nuevos Nazarenos, o Nazareos, los Esenios que
formarían las primeras y más puras comunidades cristianas, encargadas de
guardar hasta hoy el auténtico mensaje Crístico.
Realmente los esfuerzos que
se han realizado para conducir hacia la luz a la humanidad de superficie han
sido excepcionales. El humano de superficie más evolucionado, el Maestro Jesús,
el alma que anteriormente había encarnado en
Jeshu Ben Pandira, y en Jesús de
Nazareth durante su niñez, nuevamente se entregó bajo la apariencia de una nueva
figura humana, a la inabarcable tarea de
reconducir a los hombres por el
estrecho camino que bordea los terribles acantilados del error.
Apolonio de Tyana
surge en la perspectiva histórica humana, durante el siglo I de la era
cristiana en Tyana, localidad de Capadocia, y desde el primer momento destaca
como uno de los más avanzados hijos de la Escuela
Pitagórica. Y en calidad de
maestro de ésta, viaja por Oriente iniciándose en las doctrinas milenarias de
la India, Egipto y Caldea, hasta adquirir un dominio sobre las leyes cósmicas
jamás alcanzado por humano alguno sobre la faz del planeta. Él realizó
infinidad de benditos prodigios a semejanza de Jesús de Nazareth, tales como la
curación de enfermos y la resurrección de los muertos. Su vida y su obra están
marcadas por el profundo amor y una inmensa caridad hacia sus semejantes.
Pero,
Apolonio, representó un peligro inminente para los “Padres de la Nueva
Iglesia”, que ya habían comenzado a revestirse de un poder material y político
importante como oposición organizada al poder de Roma. Del mismo modo que
ocurrió con Jesús de Nazareth y los miembros del Sanedrín judío, las pugnas
y las desavenencias surgieron con una ferocidad enfermiza por parte de los
“Padres de la Nueva Iglesia” hacia los seguidores de Apolonio, que recluidos
en monasterios y comunidades Nazarenas o Esenias, fueron los auténticos
precursores y divulgadores de la doctrina Crística por el mundo.
Ellos constituyeron el espíritu de los Cristianos del Primer Amor,
aquellos que fueron duramente perseguidos y exterminados en los siglos
siguientes al Concilio de Nicea,
donde la “Iglesia de Cristo” pasa a ser la “Iglesia del Imperio”.
La
enfermiza y obsesiva persecución de la “herejía”
dentro de la propia Iglesia Católica y sobre todo la manipulación
sistemática y descarada de todos los documentos históricos que no se ajustasen
exactamente a sus disparatados “dogmas de fe”, fueron siempre una constante
en la “Iglesia del Imperio”, que invariablemente estuvo mucho más
preocupada por exterminar y sojuzgar las menores discrepancias
en su seno que en extender el mensaje de Cristo por el mundo.
Aún así, muchos seres espirituales encarnaron después
dentro y fuera de la Iglesia Católica para transmitir el auténtico legado
liberador del Reino de los Cielos y del Amor, seres como Francisco de Asís,
Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, el padre Pío de Pietrelcina, junto con
otros, realizaron una tarea titánica en medio de un medio muy hostil, para
mantener viva de palabra y obra el
gran mensaje liberador del Amor.
No
obstante, fueron más los seres evolutivos que rezan entre los torturados y
quemados por la Inquisición, que entre los elevados a los altares de la
‘Iglesia de Jehovah’.
Esta
situación caótica creó entre la mayoría de los nuevos fieles y comunidades
que surgieron al calor de la palabra y el Evangelio de Cristo, un creciente
recelo y disconformidad con las posturas oficialistas, que finalmente cristalizó
tras la división del imperio romano Oriental y Occidental en la división de
las dos Iglesias “cristianas”, la Romana y la Ortodoxa.
Pronto,
las dos nuevas iglesias, unidas siempre a las eventualidades del poder fáctico,
radicalizaron sus discursos y dogmas poniendo a la figura de Jehovah como
referencia suprema, por encima incluso del mensaje de Cristo, haciendo con ello,
el juego a las fuerzas involutivas planetarias y hundiendo a la sociedad
en una negra noche de más de mil años, en la cual el mundo
occidental fue entregado al yugo devorador de la “Iglesia del Dios
Terrible”.
Hacia
la mitad del primer milenio cristiano, una nueva figura es impulsada en el mundo
árabe, para equilibrar y vivificar la Palabra Liberadora.
Mahoma
predicó el Islam, como el monoteísmo puro y original que Alá (Allah, o al-ilah,
‘el Dios’) dio a conocer a la humanidad desde la creación, y que fue
revelado por muchos profetas anteriores al Islam que tienen mucho en común con
los del judaísmo y el cristianismo.
En el
Islam se definió el concepto de un Dios más vivo y cercano que el creado por y
para la figura de Jehovah. El Islam usa a menudo, para referirse a Dios, nombres
que expresan en general cualidades particulares o atributos divinos. Entre los más
frecuentes se encuentran al-Rahman (el misericordioso) y al-Rahim (el
compasivo.)
Pero
el Islam, al igual que ocurriera con el Catolicismo, pronto quedó absorbido por
los poderes fácticos y la radicalización de ideas. La escuela de Mutazila y
sus rivales tradicionalistas, los seguidores de al-Ashari promulgaron dogmas que
finalmente terminaron en luchas fraticidas. Estas disputas no se quedaron en un
nivel intelectual y teórico, sino que estaban relacionadas con luchas políticas
sobre el problema de la naturaleza y fuente de la autoridad religiosa y política
en el Islam.
En la
primera mitad del siglo IX, los seguidores de Mutazila estaban apoyados por el
califato. Sin embargo, al final, triunfaron sus rivales tradicionalistas,
quienes también se oponían a que los califas tuvieran autoridad religiosa en
el Islam.
Así
la división entre los shiíes y los grupos suníes radicalizaron el Islam y
permitieron a las fuerzas involutivas el control absoluto del mismo, y de su cúpula
dirigente, según le ocurrió con anterioridad a la Iglesia Católica.
El
Corán cuenta cómo Mahoma fue llevado por la noche desde el lugar de La Meca
donde dormía hasta el trono de Dios en los cielos. Por la mañana se encontró
de nuevo en La Meca. Se trata del relato del Viaje Nocturno (Isra), que
proporcionó la temática para gran cantidad de alegorías en el sufismo.
Realmente cuando Mahoma dejó de ser guiado activamente por seres de gran
potencialidad espiritual que él identificó como ángeles, el Islam quedó a
merced de las fuerzas involutivas terrestres.
Las
religiones sincretistas humanas han constituido desgraciadamente, unas
perniciosas muletas que debido a su mal uso, finalmente han dejado
espiritualmente paralíticos a los hombres por su extraordinario apego a
ellas y el poco desarrollo interior que éstas han propiciado, viciadas
como estaban por los intereses materiales y egoístas.
En el siglo XIII y XIV,
Dante Alighieri y Giotto, uno poeta y otro pintor inician una corriente de
renovación que fue llamada el “Renacimiento”. Ellos y los que le siguieron
abrieron el camino de pensamiento que ha constituido las bases de la actual
cultura occidental. El esfuerzo para salir del letargo intelectual
y de doble moral en el que la Iglesia de Jehovah había
sumido a la cultura Occidental, tiene su máximo exponente en ‘La Divina
Comedia’.
Esta obra es un poema alegórico
basado en la cosmogonía cristiana medieval, en la que su inspiración proviene
de tres fuentes distintas: La primera es la influencia Helenística, heredada de
Sócrates a través de Virgilio; la
segunda, la del Rey David, el rey profeta que transmite el éxtasis y el temor
que produce la contemplación del “Dios Terrible”. Y la última, la que
continúa las tradiciones del relato del Viaje Nocturno (Isra), de la visión de
Mahoma; la cual proporcionó la temática
que inspiró parte del profundo sentido de la Divina Comedia de Dante.
En el primer canto, el
poeta habla de un paraíso perdido por culpa del abandono de la senda verdadera,
que ha desembocado en una selva que le conduce a través de un “Monte” al
exterior del planeta. La selva oscura es el pecado y el monte la virtud. Dante
escoge como guía a Virgilio por considerarlo el poeta más excelso de la
literatura clásica. Pero lo que realmente narra es el descenso de un ser
evolucionario, y en su caso intraterreno, hacia el exilio en la humanidad de
superficie...
<<
A mitad del camino de la vida,
en una selva oscura me
encontraba, porque mi ruta había extraviado.
¡Cuán
dura cosa es decir cuál era
esta
salvaje selva, áspera y fuerte
que
me vuelve el temor al pensamiento!
Yo
no sé repetir cómo entré en ella,
pues
tan dormido me hallaba en el punto
que
abandoné la senda verdadera.
Mas
cuando hube llegado al pie de un monte.
Allí,
donde aquel valle que terminaba,
el
corazón habíame aterrado.
Hacia
lo alto miré, y vi que su cima
ya
vestían los rayos del planeta,
que
llevan recto por cualquier camino...
Entonces
comenzaba un nuevo día,
y
el sol se alzaba al par que las estrellas
que
junto a él, el gran amor divino
sus
bellezas movió por vez primera;
así
es que no auguraba nada malo
de
aquella fiera de la piel manchada
la
hora del día y la dulce estación;
mas
no tal que terror no produjese
la
imagen de un león que luego vi...
Y
una loba que todo el apetito
parecía
cargar en su flaqueza.
La
cual, ha hecho vivir a muchos en desgracia.
Tantos
pesares ésta me produjo,
con
el pavor que verla me causaba,
que
perdí la esperanza de la cumbre.
Y
como aquel que alegre se hace rico
y
llega luego un tiempo en que se arruina,
y
en todo pensamiento sufre y llora.
La
bestia me hacía sin dar tregua,
pues,
viniendo hacia mí muy lentamente,
me
empujaba hacia allí donde el sol calla.
Mira
la bestia por la cual me he vuelto;
de
ella ponme a salvo, pues hace que me
tiemblen
pulso y venas.
Es
menester que sigas otra ruta
si
quieres irte del lugar salvaje;
pues
esta bestia, que te hace gritar,
no
deja a nadie andar por su camino,
mas
tanto se lo impide que los mata;
y
es su instinto tan cruel y tan malvado,
que
nunca sacia su ansia codiciosa
y
después de comer más hambre aún tiene.
Por
lo que, por tu bien, pienso y decido
que
vengas tras de mí, y seré tu guía,
y
he de llevarte por lugar eterno,
donde
oirás el aullar desesperado,
verás,
dolientes, las antiguas sombras,
gritando
todas la segunda muerte;
y
podrás ver a aquellas que contenta
el
fuego, pues confían en llegar
a
bienaventuras cualquier día. >>
Grandes
hombres siguen los pasos de éstos pioneros: Miguel Ángel y Shakespeare, que
buscan los fundamentos y raíces del Alma Humana y profundizan en los abismos
que la razón abre ante una humanidad materializada y atenazada por la visión
de infiernos, castigos y culpas que la condenan a sufrimientos sin límites en
infiernos perpetuos.
Con
posterioridad al renacimiento cultural se produce un renacimiento
intelectual y espiritual en el mundo occidental. Un nutrido grupo de ocultistas,
gnósticos y masones procedentes de diversas sectas y sociedades secretas
florecen en Europa, estos grupos son provenientes de muy variadas corrientes que
fundamentalmente se agrupaban en dos grandes tendencias: las basadas en las
tradiciones griego-persas; y las judío-egipcias. Todas ellas, las tradiciones
griegas, persas, judías, egipcias y caldeas crean un ansia de renovación
espiritual, al margen de la insoportable opresión de la Iglesia Católica, que
culmina con una notable ascensión pública de algunas figuras ocultistas de
especial relieve en la sociedad burguesa de la época y, la correspondiente
feroz represión propiciada por la recién creada Inquisición Católica.
Pero
aparte de algunas figuras de cierta trascendencia, como Paracelso o Saint
Germain, la mayoría de estos movimientos cayeron en los mismos errores y
conductas que criticaban.
Al
igual que los rabinos convirtieron el mensaje de Moisés en un dogma cerrado, y
los sacerdotes cristianos encerraron la palabra de Cristo en “cárceles de
oro”, los iniciados ocultistas pronto cayeron en la idolatría y el
despotismo, perdiéndose las claves fundamentales de la doctrina de la sabiduría.
A fuerza de ocultar a los profanos sus secretos, éstos fueron perdidos
irremediablemente por ellos mismos. Según lo narraría siglos después con
tristeza Éliphas Lévi, uno de los mayores cabalistas europeos:
<<
Todo es verdad en el dogma de Moisés; lo que es falso es el exclusivismo y el
despotismo de algunos rabinos. Todo es verdad en el dogma cristiano, pero los
sacerdotes católicos han cometido las mismas faltas que los rabinos del judaísmo.
Estos
dogmas se completan y se explican los unos por los otros, y su síntesis será
la religión del porvenir.
El error
de los discípulos de Hermes ha sido el siguiente: ‘Es preciso dejar el error
a los profanos y hacer la verdad impenetrable a todo el mundo, excepto a los
sacerdotes (de Hermes)’.
La
idolatría, el despotismo y los atentados a los sacerdotes, han sido frutos
amargos de esta doctrina.
La
consecuencia de estos errores ha sido la protesta de la naturaleza, de la
ciencia y de la razón, que hacen creer por un momento en la pérdida de toda la
fe y en el aniquilamiento de toda religión en la tierra. >>
Así
se abrieron las puertas del mundo cientificista y una nueva generación de filósofos
como Voltaire y científicos como Isaac Newton fundaron en el siglo XVIII el
razonamiento científico imperante aún en la actual sociedad humana.
Aunque,
verdaderamente, no todos los pensadores y científicos de la época participaron
de la misma corriente de pensamiento. Un ser, en especial, vive profundamente
las contradicciones que se derivan de ella: Goethe, aspira a encontrar la verdad
del alma humana a través de su Fausto, creando, sin pretenderlo, su propia
escuela de pensamiento.
Goethe
reflexionaba así sobre la búsqueda de la verdad del alma humana
que se traduce, según él, en el fatalismo de Fausto, dando cuenta del
nivel moral y la confusión que reinaba y reina en la sociedad terrestre pasada
y en su actual heredera:
<<
Todo hombre que aspira a la verdad, lleva en sí mismo, algo que se parece a la
propia naturaleza de Fausto. >>
Realmente,
éste planteamiento personifica el esfuerzo de un alma valiente que se apresta a
encararse por sí misma con el vacío que representan las religiones
sincretistas en la sociedad de superficie. Solo unos pocos entendieron la
trascendencia del alma humana sobre el entorno relativo en el que vive.
Friedrich Hegel, filósofo
alemán, fue el máximo representante del idealismo en el siglo XIX. Con los
condicionamientos de la época, intentó dar un nuevo impulso a la Philosophia
griega de Sócrates desde el prisma de Aristóteles.
El propósito de Hegel fue elaborar un sistema filosófico que pudiera abarcar
las ideas de sus predecesores griegos, para que el pasado y el futuro pudieran
ser entendidos desde presupuestos teóricos racionales. Así, Hegel concibió a
la realidad misma como un todo que, con un carácter global, constituía la
materia de estudio de la filosofía. A esta realidad metafísica de todo aquello
que existe, se refirió como lo absoluto, o ‘Espíritu Absoluto’(Absolut
Geist). Para Hegel, el cometido de la filosofía es explicar el desarrollo del
espíritu absoluto; esclareciendo la estructura racional interna de lo absoluto,
y mostrando el destino o el propósito hacia el que se dirige.
Pero, para entonces, las
claves de la Philosophia griega se habían perdido,
y en el núcleo del estudio del espíritu absoluto de Hegel se encontraba un
obstáculo insalvable para la mente humana. No en balde, el propio Pitágoras
siempre repudió, por modestia, llamarse a sí mismo: Filósofo (FilosofoV),
entendiendo por tal: ‘El que conoce las causas ocultas en las cosas
visibles’, y por ello se llamaba simplemente: Sabio (SofoV), que quiere decir:
‘El aspirante a la Filosofía (Filosofia),
la sabiduría amorosa o Sabiduría del Amor’.
La
humanidad de superficie piensa de sí misma que ha desarrollado perfectamente la
capacidad del pensamiento, cuando en realidad éste se reduce a una mera relación
de ideas enlazando las preguntas y respuestas unas con otras hasta extraer
las conclusiones finales por mera eliminación de hipótesis; esto puede
resultar útil en la resolución de problemas cotidianos, pero cuando se
enfrenta al pensamiento abstracto falla estrepitosamente. El viejo dilema del
‘huevo y la gallina’ conlleva un
circulo cerrado de razonamiento que no conduce a ninguna parte, pues en una
sucesión infinita de causas y consecuencias interligadas, no se puede fijar un
punto de inicio racional. De esta manera, los conceptos espirituales o el de la
“Deidad” misma son inalcanzables por el pensamiento concreto, pues al final
se llega a un ser supremo que se concibe a sí mismo sin relación alguna de
causa y consecuencia.
El fracaso de Hegel en el
intento de racionalizar el espíritu, cristalizó en el movimiento pesimista
encabezado por Arthur Schopenhauer,
que proponía los elementos éticos y metafísicos dominantes en su época,
integrados a una filosofía atea y pesimista basada en los ideales de los
eruditos del Renacimiento y de la Ilustración. Sin embargo, al final, el callejón
sin salida en el que sus ideas naufragaban de tedio, le hizo aferrarse al
estudio de los sistemas filosóficos del budismo e hinduismo y del misticismo
cristiano.
El
continuador natural de estas dos corrientes filosóficas fue Eduard von Hartmann,
que intentó elaborar una síntesis de las ideas filosóficas de
Schopenhauer y Hegel. La contribución de Hartmann al pensamiento filosófico de
su época fueron sus tesis de que la consciencia humana y todo el proceso físico
del mundo están relacionados al conflicto entre dos causas metafísicas
opuestas, la ‘voluntad inconsciente’ y la ‘idea consciente’. Asoció la
evolución del intelecto con el conocimiento de las ilusiones para conseguir la
felicidad y concibió la salvación del individuo mediante el triunfo de la razón
y la extinción de la voluntad consciente.
De
esta forma Hartmann enlazaba directamente con el pensamiento ario-oriental de la
cultura budista y el occidental de la filosofía socrática. De forma sutil se
unían las dos corrientes del pensamiento Ario pre-cristiano en un nuevo
renacimiento filosófico. Pero dicho “renacimiento” solo implicaba que la
Humanidad “repetía curso” una vez más, al no haber aprobado la
“asignatura cristiana” a su debido tiempo.
Poco
a poco “La Medida” se agotaba, y la raza humana de superficie se encerraba más
y más en una mente obtusa y materialista que la creaba a su vez un terrible
complejo de culpa, el cual era lavado pulcramente en las “abluciones del
alma”, que eran obtenidas, bajo previo pago, en los “balnearios de espíritu”
en los que se habían convertido las iglesias sincretistas de los distintos
credos. Estas iglesias, en las distintas civilizaciones de superficie, no son al
final, más que centros comerciales en los que se compra y vende la “salvación
de las almas” con monedas terrenales. Así el mensaje Crístico del Reino, que
movía poderosamente las almas y los corazones de los hombres, era acallado
mediante las “ayudas” propiciadas por las distintas religiones que
siempre hablaron un lenguaje ambivalente y
sibilino, vendiendo, mediante la moneda de la sumisión absoluta a sus líderes,
la anestesia del alma que el hombre de superficie tanto necesita para
enfrentarse a la cruda vida terrenal.
Pero
aún quedaba un último gran representante de la Luz dispuesto a entregarse al
mundo de los hombres. Este excelso personaje, es el Buddha de Compasión. El
Maitreya Buddha, el gran desconocido entre los suyos que no fue reconocido ni
por sus correligionarios, los propios budistas. A semejanza de lo que ocurriera
con el mismo Gautama Buddha, el cual no fue aceptado por los brahmanes, porque
sus palabras y hechos vulneraban la milenaria fe custodiada por éstos y su
ventajosa sociedad basada en las castas y privilegios de unos pocos sobre la
inmensa mayoría. Mahatma Gandhi, tampoco fue reconocido como el esperado Buddha
de Compasión por los suyos.
Mahatma Gandhi,
el Alma del Mundo, es la flamante encarnación del Rey del Mundo que se muestra
ante los hombres como El Rey Mendigo, el
Ser Creador, que vive entre sus criaturas como la más humilde de ellas, el que
sigue los pasos de Mihael el Poderoso, y el que como
Cristo sale a los caminos portando únicamente la Verdad y el Amor. Él es el
Maitreya Buddha, el Caballo Blanco, encarnación de Vishnú que vendría de
Shamballah.
Gandhi
fue ignorado por los propios budistas, pues sus actos “políticos” no
concordaban con el prototipo esperado en sus tradiciones para la figura del
Buddha de Compasión, por eso no identificaron a Mahatma Gandhi; del
mismo modo en que los brahmanes no reconocieron con anterioridad a Gautama
Buddha, pues al vulnerar la milenaria fe de los propios brahmanes, éstos
consideraron a Gautama como “el mal aspecto de Vishnú”. Otro tanto ocurrió
con Cristo, cuando los rabinos dijeron de Jesús, que él era Nebo, el falso mesías,
el destructor de la antigua religión judía ortodoxa.
Los
grandes seres que encarnan para guiar a la humanidad, deben rompen las viejas
estructuras anquilosadas y desvitalizadas por los milenios de vicios e
imperfecciones que han sido acumulados en las antiguas religiones, donde el auténtico
mensaje queda cristalizado y desvirtuado por las castas sacerdotales que
pretenden detentar el uso de la “verdad”.
De
forma constante las sociedades humanas que fueron iluminadas en su día por los
siempre nuevos mensajes de las diferentes consciencias estelares en servicio,
tendieron a cristalizar y dogmatizar dichos mensajes para el uso discriminado de
los mismos por parte de una pequeña elite. La misma que secuencialmente rechazó
las enseñanzas de los maestros que aparecían con posterioridad, tratando de
enderezar los desvíos constantes de
la veleidosa raza humana de superficie.



|