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El cosmos entero surge de un único aliento y por la Ley de la Simetría, el Absoluto sin Nombre transmite al universo el impulso para que todas las partículas realicen el ciclo evolutivo que les corresponde; la Simetría organiza a la materia de forma que refleje la esencia y los arquetipos por los cuales fue
creada. La ruptura de la Simetría cósmica puede acarrear consecuencias imprevisibles; el Rouah o ciclo de la eternidad y el Nahash o tiempo en espiras que diferencia los secuenciales estados de la Luz y las Tinieblas, podrían desequilibrarse y, si la Luz no alcanzase su ciclo completo, el Rouah se detendría y la Luz dejaría de existir sumiendo al Universo en una noche sin tiempo.
[Sebastián
Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

LA CRUZ DE HIELO

LA LUZ DE
Mihael
(I)

7.
LA LUZ DE
Mihael
(
PARTE I )
Y los ciclos
se cumplieron, y el tiempo llegó en que la efusión en la forma de una criatura
humana, que fue rehusada por Ialdabaoth
el ex-regente galáctico, debió de ser consumada.
La Ley del
Sacrificio es imprescindible para la evolución del universo manifestado; dicha
Ley siempre fue y será seguida por las grandes y pequeñas Entidades Cósmicas
para vivificar y sustentar los universos de la materia. Durante las efusiones cíclicas
de las entidades macrocósmicas en los mundos de su microcosmos relativo, el
aura de éstas entidades, formada por la emanación de sus átomos, vivifica y
eleva la vibración de la grosera vida material hacia el mundo espiritual.
Al rehusar Ialdabaoth
el cumplimiento de la Ley y negarse a entrar en los Rupas, sombras o imágenes de sus inferiores,
para cumplir con sus tareas evolutivas; no solamente desatendió una de sus
obligaciones para con los mundos creados por él, sino que inflingió un punto
de inflexión peligroso en el flujo de la Energía Viva Ono-Zone,
que fluye siguiendo la estricta Ley de la Simetría entre el mundo
manifestado y el inmaterial.
El cosmos
entero surge de un único aliento y
por la Ley de la Simetría, el Absoluto sin Nombre transmite al universo el
impulso para que todas las partículas realicen el ciclo evolutivo que les
corresponde; la Simetría organiza a la materia de forma que refleje la esencia
y los arquetipos por los cuales fue creada.
La ruptura de la Simetría
cósmica puede acarrear consecuencias imprevisibles; el Rouah o ciclo de la eternidad y
el Nahash o tiempo en espiras que diferencia los
secuenciales estados de la Luz y las Tinieblas, podrían desequilibrarse y, si
la Luz no alcanzase su ciclo completo, el Rouah se detendría y la Luz
dejaría de existir sumiendo al Universo en una noche sin tiempo.
Es por esto, que Mihael, el Hijo Creador del
universo local, tiene por tanto, que cumplir el círculo cósmico deshaciendo
el núcleo inarmónico que de otro modo quedaría libre, debido a la falta de Ialdabaoth.
Solamente los seres más
elevados conocen los misterios de la Gran Dualidad en la que Ialdabaoth es presentado igual a Mihael, cuando se dice que Tselem, la Imagen, refleja
igualmente a Mihael y a Ialdabaoth.
Ambos proceden de
Rouah, el Espíritu, Neshamah, el Alma y Nephesh, la Vida. Mihael es la Sabiduría Superior
e Ialdabaoth
es la Sabiduría Oculta. Pero ambas sabidurías divergen en un punto, pues
mientras que Mihael
es influido por Neshamah,
el Alma, Ialdabaoth
permanece no influido o estático; generando así, la inmovilidad en el
movimiento pendular de la Luz Viva.
Mihael, el Hijo Creador, es el Gran Kumâra virgen. Él es el Guha, el Misterioso, el Jefe de los Siete Rishis
de las Pléyades, es el espíritu que habita en Vishnú, el Vittoba hindú que
padece en la cruz del universo material o Maya y en el que las marcas de su pasión son
visibles y veneradas por sus adeptos. Él es Nârada, el que rehusando procrear conduce a los hombres
para que se conviertan en Dioses, la Faz del Dios Oculto, el que carga sobre sus
hombros el pecado del mundo para redimir la materia. Él es Sanat, el Anciano, el Príncipe
del Khum,
el Agua del Espacio. Él es el Sanat Kumâra solar, el Jefe de los
Siete Kumâra
que conducen a este sistema solar en su camino ascendente. Él es finalmente, el
Ophis, la Sabiduría Divina o Christos.
Él
carga sobre sus hombros las faltas y omisiones de sus criaturas y cubre los
huecos en las filas de sus legiones, siendo el Primero, se muestra como el Último,
como la más desvalida de sus criaturas. Él acepta con humildad lo que otros
desprecian con suficiencia.
Así
el Macroprosopo no puede penetrar en el Microprosopo,
sino es a través de sus criaturas. La Fuente no llega al Mar sino es siguiendo
el curso tempestuoso de los cauces, la Luz debe reflejarse en los espejos para
penetrar en las más recónditas e insondables tinieblas…
Y así, el Regente Avatar del universo local se
proyectó sobre la más excelsa Mónada solar, y ésta a su vez sobre el alma humana más
desarrollada.
Jesús de Nazareth
nació como encarnación directa del humano de superficie más evolucionado
hasta el momento: Jeshu Ben Pandira. El hijo predilecto de Melki-Tsedek, el Brâhatmah, el representante vivo del
Logos
terrestre. Él es, además, el heredero por derecho propio del Hierofante de
Tres Cabezas (Zarathushtra-Hermes-Abraham) y la encarnación viviente de la Ley
de Moisés.
Cuando una entidad macrocósmica
excelsa como Mihael debe de encarnar
directamente en el microcosmos material y no a través de uno de sus cuerpos de
acción, como se dio en éste planeta en Ishva-Ra, se tiene que producir un efecto conocido como
transmutación Monádica, que consiste en la sustitución de la fuente energética de un
cuerpo de luz y el cuerpo fenoménico de una Mónada a otra. Esta trasmutación
se puede dar también en los Logoi planetarios e incluso entre los Logoi
regentes de los universos locales.
En el momento en que una Mónada se retira, otra ingresa en
los cuerpos de la personalidad, asumiendo el Karma material de los cuerpos
aprehendidos para el cumplimiento de una tarea evolutiva mayor. Éstos cambios
siempre deben de estar de acuerdo con las más altas leyes evolutivas y contar
con la autorización de las Jerarquías pertinentes.
En el caso de
Jesús de Nazareth, la Mónada que controlaba su alma; es decir, la misma que
dio vida a Jeshu Ben Pandira; cumplió su etapa de desarrollo en el cuerpo
infantil de Jesús de Nazareth hasta la edad de doce años, en que ocurre el
acontecimiento que queda reflejado en los evangelios, como el momento cuando Jesús
se presenta en el Jerusalén y conversa con los doctores del templo, demostrando
poseer una iluminación superior. En ese momento la Mónada de Sanat
Kumâra, la entidad solar que encarnó milenios atrás en Krishna,
se trasmutó en el cuerpo de luz y en el cuerpo fenoménico de Jesús de
Nazareth.
Pero la auténtica
transmutación macrocósmica no ocurrió hasta el momento cumbre del bautismo en
el Jordán, cuando Jesús, por la intercesión de Juan el Bautista, es
consagrado como el más humilde de los Hijos del Hombre. En ese preciso momento,
el mayor evento producido en este universo, se cumplió con la materialización
y la efusión en el mundo físico del Hijo Creador, precisamente, en una simple
criatura humana en éste humilde planeta, convirtiendo a la Tierra, en el germen
de lo que será en un futuro cercano, un Planeta Santuario.
Mihael con
toda su potestad tomó el cuerpo de luz de Sanat Kumâra,
penetrando en el cuerpo fenoménico de Jesús de Nazareth y, fue en ese mismo
instante, cuando el mensaje del Todopoderoso se escucho en todo el Orbe Terrenal
y Galáctico:
<<
Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco. >>
El mensaje
trascendental que Jesús de Nazareth aportó a la humanidad es muy sencillo y a
la vez terriblemente difícil de abarcar en toda su magnitud. Él continuó el
mensaje que Krishna
expresó muchos milenios antes: ‘La Revelación del Espíritu del Devenir’.
Es decir, la unión de la consciencia material con el Yo Superior o Mónada,
que cada ser debe de realizar por sí mismo en su interior.
Pero Cristo no
solamente imprimió un mensaje, sino que impregnó el aura planetaria con la
vibración superior del Alma Divina, el Espíritu Santo, el
Rouah-Alhim,
cuando éste se manifestó a través del sacrificio del Gólgota. Es
precisamente el sacrificio del Gólgota el que guarda los misterios y las claves
del proceso evolutivo actual.
Pero… ¿Quién
mejor para explicar el Mensaje del Reino?, que el propio Jesús de Nazareth ante
sus discípulos y el pueblo de Israel cuando dice:
<<
Cristo no ha venido para abrogar la ley de Moisés, sino para cumplirla…
>>.
O cuando dice:
<<
Ha llegado el tiempo en que el hombre encontrará el espíritu en su propio Yo;
si él busca los reinos del cielo... >>.
La
esencia de su mensaje, se basa en que lo Divino no solo irradia hacia nosotros,
sino que la voluntad de las alturas debe penetrar en lo más profundo de la
naturaleza del Yo humano, para transformarse en la voluntad real del propio Yo
espiritual encarnada en la materia. La Mónada deberá hacer que los cuerpos
materiales despierten a su auténtico ser.
Cuando
Cristo nos dice:
<<
Yo Soy la Verdad y la Vida, Yo Soy la puerta abierta que ningún hombre puede
llegar a cerrar… >>.
Nos
hace partícipes de lo trascendental de su misión.
Cristo
inaugura una nueva época, y así se lo hace ver a sus discípulos cuando les
aleccionaba:
<<
A los antiguos se les decía que los reinos de los cielos
comunicaban determinados preceptos o reglas, pero, a partir de ahora
“Yo Soy”, el Yo espiritual de cada uno, nos guía correcta e individualmente
sin posibilidad de error, siempre que dejemos que el “Yo Soy” aflore dentro
de nosotros… >>
Así,
Él fue reconocido por sus propios discípulos como el Hijo del Hombre e Hijo
del Dios Viviente, es decir: ‘El Alma consciente de su Yo Espiritual’ en
toda su infinita grandeza.
Jesús,
sintetiza todas las enseñanzas anteriores, pero consciente de la proximidad de
los tiempos, urge la necesidad de la consecución espiritual. Él no proclama
como Buddha:
<<
En este mundo hay sufrimiento y Yo os conduzco hacia fuera de este mundo…
>>
Si no
que urge vivamente:
<<
Arrepentios, no miréis atrás, sino hacia delante. Pues el tiempo será
cumplido, y en el mundo en el que hay sufrimiento entrará el mundo celestial.
>>
Él
no promete una vía de liberación de la cruel realidad, en la que el Yo
atrapado en el mundo fenoménico se debate, sino la lucha y el conflicto en el
mundo material:
<<
Yo he venido a echar fuego en la tierra, ¿ y qué he de querer sino que se
encienda…? ¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? Os digo que
no, sino la disensión… >>.
Él,
no enseña ya los ciclos de las encarnaciones, ni los procesos iniciáticos
hacia la Iluminación, ni siquiera la práctica de la Philosophia griega, como método
de la Revelación.
Todo
eso, ya está superado en su mensaje, pues, el Yo Soy, el Espíritu Santo que
existe en cada ser humano, se encarga del despertar interno.
Cristo
sólo predica un medio de salvación; pueril en su superficie, simple en su
concepción e inapreciable en sus recónditos aspectos: ¡EL AMOR!!!.
El
Amor es el gran motor, el impulso definitivo, el que hace moverse a los astros,
el que los atrae, la causa primera del Verbo Creador, y la única fuerza capaz
de elevar la materia hacia los mundos sutiles:
<<
Amaos los unos a los otros y a Dios por sobre todas las cosas… >>.
Con
este único arma, el Amor, y con su querido Ab-bâ, su padre celestial, por toda
compañía salió a los caminos del mundo a predicar el Evangelio del Reino de
los Cielos.
Obviamente
ese mismo Evangelio supuso el peligro más acuciante para las
fuerzas involutivas y para la Fraternidad Oscura, pues predicaba su
destrucción definitiva, en el próximo giro de la espiral evolutiva de la
galaxia.
Ialdabaoth, y los seres que lo acompañaban en el plano de
actividad en el que había sido confinado trabajaron desesperadamente para que
Mihael fracasase en su efusión material, y aplicaron todo
su poder para atacar al Insigne Campeón de la Luz en su periplo por las
tinieblas de la materia fenoménica. Pero la destrucción física de Cristo a
manos de esos seres oscuros no impidió la consumación del misterio del Gólgota,
sino que puso de manifiesto una vez más, la magnificencia del Ser Supremo y su
infinito amor por todas y cada una de sus criaturas.
Cristo
fue llevado a la cruz ante el desdén del pueblo que lo había aclamado días
antes, ante la vergonzosa ausencia de sus discípulos, ante el odio feroz de los
seres oscuros que intrigaron contra Él y ante la vergüenza infinita de una
raza decadente y de un planeta desolado.
Pero
Él en cambio, resucitando al tercer día en su cuerpo de gloria bendice a este planeta y a esta raza, de una forma tan
rotunda que ninguna duda ensombrece ya el futuro del mismo.
Mihael, es el magnífico sustituto de un huidizo y
megalomaníaco Ialdabaoth,
el cual era en realidad el auténtico Rey Profeta del que hablaba David, y al
que esperaban con ansiedad los levitas. Y, por tanto, el perfil divido y humano
del Cristo no se ajustaba adecuadamente a las expectativas de la humanidad de
superficie que aguardaba al esperado Rey Profeta.
De
esta forma, ésta humanidad huérfana fue agasajada con el mejor y mayor regalo
que un universo local pueda esperar: La visita personal e íntima de su máximo
creador...
La
Fraternidad Oscura existe porque usufructúa los bienes universales que sin ser
de su propiedad, son tomados impunemente a despecho de la Ley.
El
incumplimiento de la Ley por parte de los seres involutivos, les da a ellos una
ventaja aparente sobre los que nos sometemos a las exigencias de la Ley Cósmica.
Pero esa “ventaja” es únicamente temporal, pues la ley de la Simetría y la
de la Compensación no pueden ser
burladas por ningún ser material o espiritual; así incluso por encima del mismísimo
Hijo Creador está el Padre
Omnipotente.
El sublime
acto de Amor realizado por Mihael, al encarnar en puesto de Ialdabaoth implica que este último, está obligado
asimismo, a partir de ese momento, a encarnar en este planeta con el cierre del
ciclo.
Según
dicen las profecías: ‘El Cristo tendrá un Anti-Cristo, el mensaje de luz
tendrá un anti-mensaje de tinieblas, el amor se tornará en odio, la humanidad
será probada para separar el grano de la paja, y el planeta será finalmente
liberado’.
Ésta
es la razón principal de nuestro cometido y de nuestra presencia activa en el
ámbito de este planeta: Asistir a nuestros hermanos terrestres en la transición
planetaria en ciernes, y ayudar a que la luz penetre en el gigantesco mundo de
tinieblas que las fuerzas involutivas junto con la alocada humanidad han tejido
en los planos etérico-físico y astral de este planeta. Este manto oscuro hace
que la humanidad actual cumpla el papel de rehén de las fuerzas involutivas,
que la usarán como escudo kármico, contra el retorno simétrico de los actos
infames que ellos realizaron e indujeron en unos humanos enloquecidos.
Como los cabalistas
conocen, el 888 es el número asignado a Cristo, es su emblema y su bandera; y
fue precisamente el 8 de Agosto del año terrestre 1988, cuando la suerte de
este planeta y de la galaxia fue finalmente decidida. Fue cuando el Hijo Creador
y Príncipe del Khum, se sentó definitivamente como Rey por derecho
propio en el Trono del Universo, trono que hoy regenta en nombre de su Padre.
Nuestro comandante en jefe,
la entidad que conocíamos como Sananda o Sanat Kumâra, es
ahora Samâna, el cuerpo de acción actual del Rey Creador, el
cual nos alienta en nuestra tarea y nos muestra el camino del sacrificio y de la
entrega hacia nuestros hermanos más desfavorecidos.
La
lucha es dura, pues la humanidad terrestre actual apenas puede mantenerse en pié;
el nivel de involución y materialización alcanzado actualmente por ella es máximo.
De hecho si esa humanidad, aún sigue existiendo es gracias al esfuerzo de la
Fraternidad de la Luz y al re-equilibrio constante del eje planetario y de los
contaminantes físicos y psíquicos que ella vierte sobre su atormentado
planeta.
Aunque
el impulso etérico de Cristo permaneció invariable en el aura planetaria, su
mensaje pronto fue desvirtuado por sus discípulos y encerrado finalmente en
“jaulas de oro” y “templos de mármol”.
Los
discípulos de Jesús de Nazareth eran unos de los espíritus humanos más
elevados de su época. En su anterior encarnación dieron muestras de un avance
espiritual muy destacado. Los Doce, fueron durante el tiempo de Jesús,
reencarnaciones de los siete hijos de la madre de los Macabeos y los cinco hijos
de Matatías, que tal y como narra la Biblia, sufrieron martirio y muerte a
manos del rey Antioco de Siria consiguiendo desarrollar los contactos de sus
almas con la energía radiante del Espíritu.
Cuando
Jesús los encontró, ya eran almas despiertas a las energías superiores del
Espíritu, encarnados como pescadores y gentes sencillas que realizaban
sus labores cotidianas, pero que en su alma guardaban la energía y el
calor necesarios para que arraigase con toda su potencia la
semilla del Espíritu.
Ellos
adquieren con distintos niveles y capacidades el Mensaje del Reino y lo hacen
suyo para difundirlo por el mundo con total entrega y la mayor de las
voluntades. Y en cierta medida así lo hace la mayoría… Pero unos pocos,
envueltos en un aura activista se arrogan el derecho de constituir una Iglesia
de Cristo. Iglesia que el propio Cristo nunca creó.
Simón
Pedro, alteró “ligeramente” el sentido de las palabras de Cristo para que
apareciese escrito en los evangelios “oficiales”, la “encomienda de la
constitución” de una Iglesia de Cristo, cuya guía y mandato recaía
sospechosamente sobre él mismo. Incluyendo, además, entre las prerrogativas de
su “liderazgo” la “potestad” del perdón de los pecados, algo que el
propio Cristo siempre atribuía a su Padre Celestial y a la Fe interna que movía
al alma humana al arrepentimiento profundo de sus malas acciones.
Cristo
nunca instituyó una Iglesia, y mucho menos dotó de poderes especiales a
ninguno de sus discípulos, poderes que no fueran compartidos también por el
resto de la humanidad. Pues el único “poder” que Él predicó, es la fuerza
del Amor que cada una de sus criaturas pueda desarrollar en el fondo de sus
propios corazones.
Pedro,
el hombre tosco y testarudo, que a duras penas entendía el mensaje de Cristo;
se auto-invistió de un poder y una gloria que eran fruto únicamente de su
capacidad de palabra y del fuego y la pasión con las que defendió lo que él
creyó las enseñanzas de su maestro.
El
Maestro le aconsejó en varias ocasiones:
<<
No pongas tu confianza en el brazo de la carne, ni en las armas del metal.
Fundamenta tu persona en los cimientos espirituales de las rocas eternas…
>>
Que
muy poco tienen que ver con las palabras que aparecen escritas en el evangelio
de Mateo:
<<
Bienaventurado tú, Simón… yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta
piedra edificaré yo mi Iglesia >>.
Pero,
concluyentemente, el ser que conformó y constituyo la Iglesia Católica, tal y
como hoy en día se la conoce en la superficie terrestre, es precisamente un ser
que no fue un discípulo elegido por Cristo: Pablo de Tarso.
Pablo
de Tarso era un seguidor de Zadok, el que fuera alto sacerdote de Israel durante
el reinado de David, y por lo tanto un Zadoquista o Saduceo que persiguió a los
cristianos con una saña y una inquina difíciles de igualar incluso por los más
extremistas miembros del Sanedrín. Según relata la Biblia, Pablo (Saulo) se
convierte cuando, camino a Damasco para apresar y ejecutar cristianos, un
supuesto Jesús resucitado se le
aparece dejándolo temporalmente ciego.
Pablo
de Tarso pasaría, a partir de ese momento, a ser el que institucionaliza la
Iglesia Católica, sus dogmas, su estructura y sus leyes. De hecho, él pone un
gran énfasis en identificar a la comunidad cristiana con el templo de Dios,
deduciendo de dicha identificación que el ‘Espíritu de Dios’ habita en
ella, lo que le lleva a la idea de que la Shekinah del Señor (‘El Espíritu
de Dios’ según el Sefer Jetzirah) a pasado del tempo de Jerusalén a la nueva
Iglesia Católica.
Pablo
sabía lo que el Sefer Jetzirah enseñaba:
<<
La ‘Shekinah del Señor’ es la primera efulgencia o radiación en el cosmos
del número Uno, que fructifica y despierta a la potencia dual, el número Dos
(el cual es identificado con el elemento Aire), que a su vez se une al Tres
(identificado con el elemento Agua) para producir el Cuatro(identificado con el
elemento Éter o Fuego Cósmico), que representa al Hijo. >>
El
cuaternario cabalista es pues el Celeste Andrógino, el Jah-Havah que se
desdobla a su vez en Jehovah y en Adam-Kadmón en su dualidad de Dios-Hombre.
Por
lo tanto, el Señor no puede ser otro, para Pablo, que el Nombre del Misterio,
Jehovah (YHVH): Yod, el Padre; Hé, la Madre; Vau, el Hijo y la última Hé, el
inicio por generación del un nuevo ciclo. El mismo “Señor” al que David y
Salomón consagraron el Templo de
Jerusalén.
A
partir de ese momento la figura de Cristo queda, dentro de “su propia
iglesia”, encerrada y adaptada a los lujosos ornamentos de oro y piedras
preciosas que, a remedo del Templo de Salomón, forman parte de las iglesias y
catedrales de todo el orbe de la cristiandad.
De esta forma, el emblema
del ‘Jehovah de David’ o Ildabaoth
(YHVH), se yergue en el frontispicio de las catedrales e iglesias católicas que
se elevan a modo de cárceles del espíritu Crístico; controlando y adulterando
el contenido liberador de su mensaje bajo la figura vigilante de Jehovah, el
‘Dios celoso y vengador’.
Ialdabaoth, y su lugarteniente Ildabaoth, creen así haber
neutralizado el inmenso acto de sacrificio realizado por
Mihael, teniendo asegurado el control de este humilde
planeta, el cual les sirvió como estandarte del grupo de mundos que en aquella
época controlaban.
Y se
regodean insensatamente de su supuesta victoria sobre la Luz; “pues el lobo
ahora cuida a los corderos”.
Pero
la Luz y la Sombra son sólo las dos caras del mismo ser, como siglos más tarde
describirían los cabalistas en la mítica figura de Baphomet:
<<
Binario verbum vitae morten et vitam equilibrans. >>
Baphomet
es el lado oscuro de la Faz Divina, el guardián de las llaves del templo, el
Dios negro que la tradición muestra con la barba y los cuernos del macho cabrío.
Él es también un ser de dos caras y por eso, ni siquiera el propio Baphomet
puede impedir que detrás de su rostro se oculte la figura jeroglífica de Dios,
pues:
<<
Demon est Deus Inversus. >>
Las
Fuerzas Creadoras como entidades vivientes y conscientes, no confundirán nunca
la Causa con el Efecto, ni admitirán al Espíritu de la Tierra, Jehovah, como
Parabrahman o el eterno Ain Suph. Pues conocen que el gran Alma de la Luz Astral
es de naturaleza divina, pero su cuerpo es infernal.
Baphomet,
como representante de la Luz Astral, es mostrado, según aparece en el Zohar, en
el símbolo de la Cabeza Mágica: La Doble Cara sobre la Doble Pirámide, el
emblema que evidencia a la Pirámide Negra levantándose frente a un campo
blanco con una cabeza que muestra su cara blanca sobre el negro triángulo,
reflejo, éste último de la Pirámide Blanca invertida, de la cual, la negra es
sólo su imagen, y es ésta a su vez, la que se muestra descubriendo la reflexión
negra de la cara blanca sobre las oscuras aguas.
Así,
Jehovah pasó a ser una vez más:
<<
El lado oscuro de la Faz Divina, el Dios en cuyas manos son depositados los
reinos, el poder y la gloria de los mundos. Los tronos e imperios, las dinastías
de reyes, la caída de las naciones, el nacimiento de las iglesias, y los
triunfos del tiempo. El que guarda la puerta del Templo del Rey y que, manteniéndose
en el pórtico de Salomón, guarda las llaves del Santuario. >>



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