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El león avanza poderosamente, mientras que detrás de él, un grupo de animales en tumultuosa manada, aparecen corriendo desde detrás de una duna de arena, acercándose expectantes a la misteriosa campana, que es desenterrada rápidamente con sus pezuñas.
La campana se eleva por los aires como sujeta por una descomunal mano, una figura medio humana, con cabeza de león, la sostiene firmemente golpeándola con una fuerza descomunal.
[Sebastián
Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

EL LEÓN DE PLATA

EL LEÓN DE PLATA

7. EL LEÓN DE PLATA
Sueño
de Atmah:
<< Un agua oscura bate
sobre una playa desierta. En el escenario no existe nada más que el agua
batiente y la arena que va realizando acompasadamente, distintas formas planas
al golpear de las olas.
Éste es un mundo frío en
blanco y negro, más precisamente, todo es negro excepto la blanca arena y el
tenue resplandor que ésta disipa a su alrededor.
Poco a poco, una depresión pequeña en la playa va siendo ahondada por
las olas y, algo metálico y cilíndrico va quedando al descubierto.
Como un eco, algo impreciso
pasa volando raudo sobre las olas y deja caer un polvo intensamente blanco sobre
un mar oscuro y sereno como un espejo de azabache. Al entrar en contacto con el
agua ese polvo blanco toma la forma de un magnífico león plateado, que
comienza a correr por la negra superficie del agua con un porte majestuoso.
El león argénteo irradia una
sensación de poder indescriptible, sus fuertes músculos vibran con cada
zancada y el agua salpica fuertemente, respondiendo a los rápidos movimientos
de las enérgicas patas del león sobre la cristalina superficie. Pero el tenue
piso de agua brillante y negra, no cede ante las acometidas de sus vigorosas
zancadas, y así, poder y liviandad se mezclan en una extraña visión.
En su carrera, el león deja la
superficie del agua y comienza a correr por la arena. En una visión
ralentizada, su melena se mueve rítmicamente y sus garras avanzan raudas sin
rozar apenas la arena de la playa.
Dos animales oscuros andan
torpe y pesadamente por esa misma playa, alrededor del lugar donde se halla el
objeto metálico que, a medio desenterrar,
ya se puede percibir como una campana de bordes labrados con preciosas
filigranas.
Los dos animales negros, un
jabalí y una cabra, se aterrorizan al ver al león. El jabalí huye corriendo
en una desesperada carrera, mientras que la cabra negra se queda inmóvil como
si se hubiese convertido en una piedra bruna.
El león avanza poderosamente,
mientras que detrás de él, un grupo de animales en tumultuosa manada aparecen
corriendo desde detrás de una duna de arena, acercándose expectantes a la
misteriosa campana, que es desenterrada rápidamente con sus pezuñas.
La campana se eleva por los
aires como sujeta por una descomunal mano, una figura de cuerpo humano y cabeza
de león, la sostiene firmemente golpeándola con una fuerza ciclópea.
Al sonar la campana, toda la
arena de la playa se levanta formando una tupida nube de polvo.
La visión dentro de la nube
empieza a flotar por el aire y poco a poco, éste, comienza a parecerse al agua
del mar. Es como si la visión ahora, estuviese sumergida en un inesperado mar
radiante de luz y bullente de vida.
Algo viene volando, o tal vez
nadando en ese líquido. Al acercarse, se puede apreciar que es una tortuga de
mar que con su nadar pausado, invita al alma errante a seguirla hasta la
tranquila superficie de ese fecundo mar. La visión sigue a la laboriosa tortuga
marina hasta la clara superficie de un luminoso mar que contuviese en algún
microscópico lugar de su materia al anterior
mar sombrío, como si éste sólo hubiese sido un lóbrego átomo del ahora
inabarcable mar de luz. La sensación no es solo de elevación, sino al mismo
tiempo de expansión. Es como si en ese viaje se traspasasen los límites de las
dimensiones, los planos de referencia que comunican al microcosmos con el
macrocosmos.
Al salir a la superficie, se ve
otra tierra y otro cielo de refulgente luz y radiante color. La visión sigue a
la tortuga quién, nadando ahora sumergida, accede en su armonioso navegar a un
túnel rectangular de piedra que se abre entre las garras y el pecho de una
descomunal esfinge submarina.
La visión entra en la cavidad
de la esfinge, para después introducirse en un corredor con forma perfectamente
cuadrangular y llegar, hundiéndose en la roca submarina, a una sala de techos
inmensamente altos que forma un gigantesco espacio de cuatro naves unidas en
forma de cruz.
A cierta distancia del suelo,
en el centro de las naves, algo esférico y de gran tamaño se mueve elásticamente.
Al acercarse más la visión se muestra una gran burbuja de aire, atrapada
estáticamente en el centro de la gigantesca estancia en el interior del agua… Pero es una sensación extraña, pues parecería como
si el agua no existiera, como si la liviandad que acompaña a la escena, fuese
indistintamente el producto del agua o del aire.
Al entrar en la burbuja
aparecen unas formas de energía que se definen como caballos voladores, de
cuerpo transparente, que brillan con una tremenda fuerza lumínica.
Los corceles voladores, al
evolucionar alrededor de la visión parecían estar invitando a que se los
siguiese, y al igual que ocurrió con la tortuga, la visión los sigue en
espiral dentro de la burbuja que se acaba de metamorfosear en un gigantesco
reloj de arena.
Ahora,
Atmah
aterriza en una nueva playa de un blanco purísimo, dentro de la inmensa cúpula
del reloj de arena, en la cual se distingue a lo lejos un portal formado por un
arco curvo, esbelto y metálico de sección triangular.
Al intentar cruzarlo, algo le
hace mirar para atrás y descubrir a una multitud de gentes que alegres
comienzan a atravesar con él el portal. La visión se eleva lentamente para
descubrir una inmensa línea de personas que también lo cruzan ordenadamente y
avanzan hacia la línea del horizonte que se destaca entre el blanco puro de la
arena y el azul brillante y claro del nuevo cielo…
eeeeeee



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