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En la siguiente Ronda, la tercera, el planeta que se generó era muy prometedor para el desarrollo evolutivo de todos los reinos en su conjunto, gran parte de las Mónadas humanas actuales se desarrollaban en su escala animal para adquirir las primitivas bases del entendimiento racional. Pero… un mal día, una catástrofe total ocurrió en el planeta. Este holocausto fue en gran parte promovido por la anterior raza humana, la
cual, consiguió atraer hacia sí y hacia el planeta su destrucción total.
[Sebastián
Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

LA CRUZ DE HIELO

LA HUELLA DE LOS
Dhyân
Chohans (I)

3.
LA HUELLA DE LOS
Dhyân
Chohans
(
PARTE I )
Al
instante, en el centro del gran anfiteatro descubierto, una esfera etérea
comenzó a brillar y en pocos momentos imágenes cuadrimensionales comenzaron a
aparecer en ella. Esas imágenes
crecían y aumentaban en complejidad y detalle de forma que a los pocos minutos,
la esfera cuadridimensional había absorbido al propio hemiciclo, mostrando
para todos los presentes unas imágenes en cuatro dimensiones que podían ser
enfocadas y observadas desde varios puntos de vista a la vez, según el nivel de
desarrollo de cada ser…
Nubes cósmicas se movían en
el frío espacio donde brillantes formas, correspondientes a primigenios cúmulos
globulares de irisados colores, se presentaban al observador preñadas de
estrellas en formación. Los gigantescos semilleros estelares, al romperse daban
paso a infinitos sistemas de estrellas dobles y triples que bailaban una extraña
y cadenciosa danza enlazándose entre sí.
En la incipiente nebulosa galáctica,
millones de chispas se abalanzaban ávidas hacia la materia que recién había
comenzado su formación.
Las recién nacidas Mónadas eran las mismas que
constituirían, con el paso de los Kalpas o ciclos estelares, los actuales núcleos humanos.
Éstas comenzaban su primer ciclo en el universo manifestado lidiando con la
materia densa que conformaría, en primer estado, el reino mineral.
Las Chispas de luz cósmica se
abalanzaban sobre los recién nacidos átomos másicos, moldeándolos como lo
harían los niños que juegan en las arenas de las playas. Las Mónadas
primordiales humanas, jugando, remueven los granos aún en formación, los reúnen
y combinan de mil formas distintas, generando fuegos que condensan o disuelven a
los átomos materiales en el caldo de cultivo ardiente de la Niebla de Fuego,
que poco a poco, al expandirse convierte esos átomos en polvo cósmico de una
levedad inimaginable, pues ningún metal ni átomo complejo han sido aún
creados.
Los Niños Chispas juegan ahora
con una alegría infantil a deshacer y hacer conglomerados morfológicos básicos,
mientras que a su alrededor, sus mayores fraguan soles y nebulosas
primigenias combinando los distintos rayos cósmicos para crear las adecuadas
temperaturas, presiones y ritmos giratorios que conformarán las primeras
proto-galaxias de este gran ciclo
universal en el que la imagen se ha
proyectado.
Paso a paso, en su juego, esos
niños acompañan a las grandes formaciones globulares donde las primeras
estrellas nacerán. Y jugando, y jugando… van conjugando los átomos
materiales, los gránulos atómicos; y las estructuras moleculares que se
solidificarán en el cuerpo mineral de un astro perteneciente a un ciclo
anterior de éste planeta. Eones y eones se suceden hasta que el planeta se
perfila como un enorme y bullente mar ígneo en el transcurso de su primera
Ronda Planetaria, dentro del ciclo infinito de los Anillos de las Cadenas
Planetarias Armónicas.
Sólo las
Mónadas que controlan a las cadenas minerales están involucradas directamente
con la materia densificada de ese primigenio planeta antecesor del que hoy
habita la humanidad actual, las Mónadas que controlarán las cadenas vegetales,
animales y humanas aún se encuentran trabajando en los planos sutiles con los
arquetipos previstos para sus correspondientes formas densas; las cuales no se
decantarán, hasta un estado más avanzado del planeta. Éstas mismas Mónadas
minerales de entonces, son las que hoy controlan el reino humano actual, y las
que trasmigraron a ésta Ronda Planetaria desde anteriores Cadenas Planetarias
siguiendo el eterno discurrir de los eslabones de mundos y universos unidos
entre sí por la ley de la armonía.
Lentamente,
a partir del magma y el fuego ígneo, los Niños Chispas aprenden las diferentes
texturas y cualidades de las rocas y cristales, desde su más etérea estructura
hasta la más densa, aprendiendo que la materia no tiene siempre la misma
densidad, sino que, dependiendo de los ciclos de recepción y expulsión de
energías desde el centro de la nebulosa madre, el planeta y sus elementos físicos
se densifican o sutilizan en un ciclo infinito.
Como en un
baile, las imágenes muestran ahora, cómo inmensas montañas creadas por la
primigenia actividad volcánica del planeta, se disuelven presas de la erosión
y los elementos. Al mismo tiempo que dichas montañas menguan, un inmenso manto
vegetal las cubre, a través del cual, y en los eones siguientes, un
extraordinario bullicio animal prospera. Gigantescos terremotos las sacuden e
inacabables diluvios las sumergen dentro de insondables océanos, sólo para
elevarlas después como el caprichoso devenir espasmódico de la piel de un
gigantesco ser que se despierta a la vida.
Finalmente una humanidad se
materializa en el planeta ya estabilizado y comienza su larga andadura evolutiva
con el resto de sus compañeros de viaje encarnados en las distintas especies:
mineral, vegetal y animal. Pero esta nueva humanidad no es la actualmente
reinante en el planeta Tierra, sino una de las que la precedieron en un astro
antecesor del Anillo de la Cadena Planetaria a la que éste planeta pertenece.
El grupo de Mónadas que hoy dirige a la humanidad de superficie, controlaba en
aquella remota época al reino mineral en el planeta antecesor.
Las imágenes
se ralentizan y el sistema estelar doble en
el que el primigenio planeta se formó avanza lentamente hacia su extinción. Su
Sol central se convierte en una estrella gigante roja que va succionando poco a
poco a sus planetas más cercanos. Toda vida vegetal y animal en la superficie
del planeta ha desaparecido ya. Solamente cierto vestigio de la anterior
exuberante vida anímica permanece aún en el mundo interior de un planeta hueco
a punto de colapsarse.
La consistencia de sus rocas se
deshace, como se descalcifican los huesos de un anciano, las rocas erosionadas y
descompuestas de su superficie vuelan en pos de los vientos huracanados,
mirando, como el rojo sol central se eleva rutinariamente en el firmamento
abrasador, del que sólo rompe su apabullante rutina, el joven sol azul que
acompaña a su viejo consorte.
La variación del cromatismo de
los colores es indescriptible en esta época, a unas mañanas azules les sigue
un día violeta que declina en un atardecer rojo, que en muchos casos no llega a
oscurecerse cuando el azul cobalto de la nueva mañana surge en el
horizonte.
Las Chispas, ya no son tan
“Niños”, y en su largo proceso evolutivo han quedado atrapados en su
zanjada trayectoria, la experiencia evolutiva que construyera hermosísimos
cristales y metales nobles ha quedado atrás, y ahora una nueva experiencia
excita el fuego interno de la creación. Ellas, que fueron las primeras en la
formación del planeta serán las últimas en su despedida, como fieles vasallas
acompañan al Logos Rey, su excelso señor, hasta el final. Él, también se
dirige hacia su transición evolutiva, hacia el descanso merecido después del
trabajo bien hecho.
Pero ellas
aún no han terminado el suyo, el anhelo de la vida animada bulle en el fondo de
las consciencias de fuego, y poco a poco… como un reflejo, en el fondo de los
evaporados océanos unos líquenes rojizos comienzan a surgir, como si de una
postrera y estéril cosecha de la sudoración mineral se tratase.
Esa
cosecha no es ni mucho menos estéril para nuestras abnegadas amigas, pues
representa la culminación de su tarea evolutiva en ese ciclo. Esa vida
rudimentaria y tardía, es destilada por las propias piedras que a fuerza de añorar
la vida animada, la crean con sus propias lágrimas…
La visión se funde en un fuego
abrasador, del cual, en un ciclo estático se condensan nuevas proto-galaxias
granulares, en las que nuevamente vemos a nuestras conocidas Mónadas, esta vez
no tan infantiles, que con paso aún inseguro trabajan con cadenas moleculares
primigenias intentando plasmar los arquetipos de la nueva generación de
plantas, mucho tiempo antes de que el nuevo planeta en formación esté listo aún
para recibirlas.
Las formas
vegetales transformarán la química del nuevo planeta: Su atmósfera, sus aguas
y sus sedimentos, creando la cuna orgánica que dará nacimiento al primer ser
perteneciente al reino animal.
En su largo recorrido evolutivo
en esta Segunda Ronda, las Mónadas vegetales quedan fascinadas por el
movimiento motor animal, creando gradualmente, por imitación, estructuras
pseudo musculares que harán girar sus flores y hojas para seguir a la luz, su
fuente de energía. Sin embargo, aún hay algunas otras más atrevidas, que
utilizarán dicho movimiento reflejo para atrapar insectos, los cuales finalmente
deglutirán en un simulacro de sistema digestivo.
Otros seres plantas en el fondo
de los mares se unificarán tanto con la vida motriz, que sus cuerpos vegetales
serán difíciles de distinguir de primitivas anémonas marinas y corales, en el
límite justo de los dos reinos.
Cuando el planeta nuevamente se
deshaga y entregue sus viejos átomos al fuego purificador del que surgió,
muchas de las Mónadas vegetales habrán migrado hacia una consciencia
animal que se asentará en la nueva manifestación del siguiente planeta de la
extensa cadena de mundos afines.
En la siguiente Ronda, la
tercera, el planeta que se generó era muy prometedor para el desarrollo
evolutivo de todos los reinos en su conjunto, gran parte de las Mónadas humanas
actuales se desarrollaban en su escala animal para adquirir las primitivas bases
del entendimiento racional.
Pero… un mal día, una catástrofe
total ocurrió en el planeta. Este holocausto fue en gran parte promovido por la
anterior raza humana, la cual, consiguió atraer hacia sí y hacia el planeta
su destrucción total.
Finalmente, la Luna, pues éste
era, en su anterior proyección, el planeta origen de la Tierra, salto por los
aires fragmentándose en miles de rocas que se diseminaron por el espacio inter-estelar,
arrastrando en su caída a una ingente cantidad de seres monádicos que
sufrieron durante largos períodos cósmicos la experiencia traumática del
desarraigo.
La Luna,
como antecesor secuencial de Tercera Ronda de la humanidad actual en la
Tierra, fue la madre y hermana mayor de ésta. Coexistiendo actualmente con la
Tierra por motivos kármicos y como recordatorio de lo que en un tiempo remoto
aconteció…
En la Cuarta Ronda estelar de
este planeta, el sistema solar no era más que una nebulosa básica de polvo cósmico
en condensación, cuando en su camino errático, colisionó lateralmente con
otra nebulosa sistémica. A causa de este choque, grandes nubes espirales de gas
se desprendieron de una y otra nebulosas quedando atrapadas por la gravedad de
los núcleos de cada una. La implicación directa de esta circunstancia para éste
sistema solar, es la atípica inclinación de la eclíptica en la que se han
movido sus núcleos planetarios desde su formación.
Uno de esos núcleos
planetarios lo constituyeron las consciencias originarias del antiguo planeta
Lunar y de la nueva Tierra, que poco a poco fueron condensándose en un sistema
planetario doble, en el cual, el hijo succionó cuanto encontró de útil en el
cuerpo de su antigua madre.
Una nebulosa planetaria doble
formada por una niebla luminosa y fría giraba alrededor de una incipiente e
inestable estrella que modificaba con cada convulsión las órbitas de los núcleos
globulares que constituirían sus futuros planetas.
Desde el primer momento, la
Tierra se mostró mucho más activa que su anciana madre la Luna, absorbiendo la
mayoría de su masa hasta la situación de equilibrio gravitacional en el que
ambos astros quedaron definitivamente separados.
La evolución de los seres que el Hijo Creador genera
por mediación de los Logoi Planetarios mayores,
así como la de los menores se compone de cuatro fases o Cuatro Cuerpos. Los
seres pertenecientes a la primera creación son los Suras, primeros dioses creadores
que forman la primera emanación o creación primaria desde las Tinieblas a la
Vida Manifestada; los Dhyân Chohans, o Regentes Evolutivos del Tiempo y del
Espacio; los Pitris,
creadores colectivos del Mundo y por último los Hombres.
La Creación misma es una obra del Logos
a través de Mahat, la Mente Universal que se descubre a sí
misma. En su primera reflexión, Mahat
asume su consciencia despertando del sueño de laya o Noche Eterna, y en su despertar desde la
noche al día recrea a los Suras, los Seres Resplandecientes. Continuando con su
creación, ella asume la forma del Día y crea a los Dhyân Chohans, dotados con la cualidad
de la bondad. Posteriormente crea a los Pitris,
dotados con la cualidad de la pasividad, pues pensaba en este punto, que él, el Logos
regente, era el Padre del Mundo. Por último a la caída de la tarde, en su última
forma, creó a los Hombres, dotados de la cualidad de la impureza, pues en ellos
la impureza o pasión predomina
El Hombre, es así el último de los seres
autoconscientes creados en el cuarto “cuerpo” de Mahat o
Mente
Universal. En la construcción del cuerpo del hombre
intervienen los seres autoconscientes anteriormente creados, así, los Pitris o Devas, moldean el cuerpo
etérico del hombre y lo llenan materialmente, creando de esta manera su cuerpo
Etérico-Físico; al igual que realizan con todo lo que existe en el universo
manifestado. Los Dhyân Chohans, plasman los arquetipos evolutivos de los
cuerpos que han de ser creados y controlan su evolución genética, concediendo
a los hombres el cuerpo Astral o cuerpo de los sentimientos. Después los Suras, conceden a los hombres su
cuerpo Mental como exudación de sus propios cuerpos astrales. Finalmente, la
Chispa Inmortal o Mónada toma posesión de la forma creada generando el alma,
el núcleo de consciencia causal que debe alcanzar su unión con el núcleo de
la personalidad formado por los tres cuerpos anteriores.
Esta complicada sucesión de núcleos
de consciencia, no se produce espontáneamente en un único acto creativo, sino
que se escala en una sucesión de eventos secuenciales que son definidas en las
sucesivas Razas Humanas.
MMMMMMMMM
La Tierra en el estado gaseoso en el que se
encontraba, estaba ya plagada de formas etéricas creadas por el Logos, y los recientemente
formados Pitris que las condensaban en átomos
gaseosos, iniciando así su tarea de generadores materiales. El Logos Planetario las había
creado basadas en las formas Lunares heredadas de las anteriores Rondas
planetarias; fue entonces cuando decidió iniciar la formación de los primeros
humanos que constituirían la Primera Raza Raíz de ésta Cuarta Ronda
planetaria.
Pertenecientes
a las formas Lunares, los primeros hombres que fueron generados, eran
seres medio animales y medio hombres, que fueron recordados en la memoria
histórica o Tiempo del Sueño de la Humanidad Terrestre como: ‘Los hombres
acuáticos terribles y perversos’, que pulularon en el mundo etérico de la
primitiva nebulosa terrestre.
Estos seres eran en sí solo sombras etéricas y
monstruosas sin mente ni sentimientos pues carecían de los cuerpos físico,
astral y mental. Los patrones arquetípicos de los seres primigenios no estaban
aún ni siquiera maduros. Pero, aún así, ellos constituyeron un importante
ensayo general, que ajustó la
capacidad creativa de los todavía inexpertos Pitris Terrestres, al igual que la valiosa oportunidad que
representaba un primer esbozo de acercamiento a la nueva materia terrestre para
las Chispas inmortales o Mónadas.
Según
la memoria histórica de la Humanidad Terrestre: ‘Los Fuegos secaron
las Aguas Turbias’. Es decir, la nebulosa planetaria se solidificó por la
acción de la gravedad en un mundo incandescente. Y fue precisamente en ese
momento, cuando la Segunda Raza fue finalmente recreada…
Estos nuevos hombres eran seres alados que existían
en medio del fuego planetario de la materia en solidificación, en unos cuerpos
etéricos y astrales que les permitían comenzar a tener sentimientos hacia el
final de su desarrollo evolutivo, aunque no poseían aún inteligencia, pues Mahat, la Mente Universal aún
no había sido inculcada en ellos. Estos seres no fueron más que sombras sin
entendimiento en el mundo ígneo del planeta en formación, pero aprendieron a
lidiar con unos sentimientos incipientes.
Tanto la
Primera como la Segunda Razas Raíces no poseían sexo, por tanto, no eran
reproductivas, los primeros hombres dieron paso a los segundos simplemente por
evolución etérica, sin engendrar, procrear o morir, pues la distinción de los
sexos no surgiría sino hasta la aparición de la Tercera Raza.
La marcha natural de la
humanidad Terrestre estaba establecida pues en su arco descendente, en una
evolución espiritual, una etérica, una psíquica, una intelectual y por fin
una física, la cual, alcanzaría su apogeo en la perfección de los cuerpos físicos
actuales de la Cuarta Raza Raíz o Raza Aria.
Pero los problemas no tardaron en incrementarse agudamente en este
planeta laboratorio…
El planeta Tierra en su Cuarta Ronda fue entonces
visitado por los Dhyân
Chohans, del Segundo Cuerpo Galáctico, también llamados
los Jardineros del Espacio.
Seis
gigantescas naves de acoplamiento planetario se acercaron al pequeño astro en
formación y se desplegaron sobre el planeta que aún se encontraba bullendo en
un mar de volcanes. Las descomunales naves intergalácticas asumieron la forma
de un octaedro de control sobre el planeta. Cuatro de ellas se situaban sobre el ecuador
encargándose del equilibrio de presiones en el delicado proceso de vaciado del
planeta. Durante este proceso, un preciso y minucioso equilibrio debe de ser
mantenido entre la presión de radiación o presión del gas interior del planeta
en formación y la fuerza gravitatoria.
Las naves de
acoplamiento situadas sobre el cinturón del planeta, tenían la delicada tarea
de mantener equilibradas las fuerzas expansivas y compresivas del mundo a
modelar, como el alfarero da forma a un delicado recipiente de arcilla. Durante
el crítico proceso de vaciado del mismo, el gradiente de presión y temperatura
de la capa exterior e interior de la corteza en formación deberían de
mantenerse escrupulosamente dentro de los márgenes permitidos, para evitar que
el planeta se fragmentase en millones de asteroides estériles en una órbita de
convección fría.
En
un momento dado, las dos naves polares lanzaron simultáneamente sendos chorros
de partículas altamente energizadas, que colisionaron entre sí, exactamente en
el centro neurálgico del planeta. La energía liberada por el brutal impacto,
unida a la inmensa energía acumulada por los átomos centrales del núcleo
planetario debido a la presión gravitacional y a la torsión o torbellino
electromagnético del núcleo, liberaron a las fuerzas atómico-nucleares del
magma interno que junto a las electromagnéticas del monopolo central, iniciaron
la generación del núcleo de plasma debido a la desintegración de los núcleos
atómicos del vórtice planetario interno.
La incipiente bola de plasma
fue ganando energía a costa del material atómico del núcleo planetario;
iniciando un proceso de vaciado de la materia concentrada en el centro del astro. Éste proceso continuó hasta alcanzar una proporción de equilibrio
resonante con el volumen total del planeta. En ese momento el núcleo de plasma
central fue encerrado en un campo magnético inverso de Spin ¾
que deceleraba permanentemente su inercia mediante un desfase cuántico
de su amplitud, con respecto a la del sol central sistémico, para conseguir el
flujo magnético de equilibrio orbital.
En ese momento, el planeta
generó por primera vez su magnetosfera y su plasmafera junto al cinturón de
radiación del campo dipolar.
Los Jardineros del Espacio dieron por terminada su
obra arquitectónica e inscribieron al planeta como un ser cósmicamente vivo en
los archivos de la galaxia, al poco tiempo, un Logos Planetario tomó posesión
consciente del nuevo cuerpo físico recién construido por y para él.
Los
Jardineros del Espacio iniciaron después los cambios sutiles necesarios para la
estabilidad y la harmonización del planeta actuando desde dimensiones más
elevadas a la puramente física.
La modificación de las
estructuras y leyes de una dimensión dada, se crea actuando desde dimensiones
superiores. La gravedad de una dimensión no es más que un género de
electromagnetismo en otra dimensión superior y, al igual que los humanos
terrestres actuales pueden manejar el electromagnetismo a placer, los Jardineros
del Espacio manejando campos “magnéticos” en una dimensión más elevada,
controlan y moldean la ley de la gravedad en las dimensiones inferiores.
Aunque muchos de los materiales
básicos del futuro planeta ya estaban incluidos en su órbita, su densidad no
era comparable a la actual, ya que, tanto las incipientes rocas volcánicas como
los océanos de ácidos, eran mucho más livianos y porosos que los sólidos y líquidos
actuales, pues sus átomos aparecían mucho más distanciados entre sí, debido
a la temprana acción de las “mareas del espacio” que entonces, aún
desparramaban su energía por toda la galaxia de forma exultante. Estas
“mareas”, actuaban condensando la materia formada por la asimilación de la
energía que promovió la reciente formación del cúmulo circular de galaxias
del cual este humilde sistema solar formaba parte.
Toda materia se condensa al
recibir energía y se sutiliza al perderla, sus átomos, comprimen o expanden el
espacio entre ellos con una relación proporcional a la cantidad de energía
exterior recibida. En aquella remota época, la asimilación de energía
suministrada por las mareas, poco a poco densificó la materia circundante hasta
el punto de inflexión actual, en el que la materia galáctica de esta región
comienza a perder energía, iniciando un nuevo proceso de sutilización.
Durante la época siguiente, la
Tierra se enfrió por completo y recibió una nueva visita de los Jardineros del
Espacio en sus gigantescas naves, pero ésta vez su misión no consistía en
moldear el interior del planeta, como hicieran anteriormente, sino en estabilizarlo en una órbita
armónica con la del resto de sus hermanos. En esa tarea, adicionalmente se
seccionó el gran y único continente que constituía la tierra seca, para evitar el excesivo cabeceo del planeta. También se
construyeron varios “vórtices o túneles magnéticos” que unían las aguas
del mundo interior con las del exterior del planeta a través de unos circuitos
intrincados que comunicaban vastos océanos.
El conjunto de consciencias que
como una entidad, dio origen a la Tierra en su Cuarta Ronda, fue compuesto
gradualmente por corrientes de vidas originarias de diversos puntos del cosmos,
y principalmente de puntos de este sistema solar, aunque posteriormente,
porciones de otras humanidades se adhirieron al proceso terrestre. Esas últimas
consciencias no habían podido acompañar el proceso evolutivo de sus
respectivos planetas y, procedentes de lejanos sistemas como Sirio, fueron
acrecentando el acervo humano del astro en formación.
Las primeras consciencias se
fueron aglutinando paulatinamente en un aglomerado amorfo que en cierto
momento fue vivificado por el Logos,
dando nacimiento a una consciencia planetaria. Este nacimiento se logró
mediante la focalización en el propósito evolutivo de todas las Chispas anteriores que componían el planeta, por medio del propio vórtice de
energía
según la idea emanada del Logos en el proceso de esa
creación.
El nacimiento de la consciencia planetaria había
comenzado incluso antes de su manifestación como planeta material denso, como
ya hemos visto en la formación de las dos primeras Razas Raíces. Hasta que esa
consciencia planetaria fue plenamente formada, el propósito designado por el
Gobierno Celeste Central para este astro era transmitido por otras entidades
como los Jardineros del Espacio y
otros Logoi Mayores
actuantes en el sistema solar, como el que regía a Saturno, que fue uno de los
espejos transformadores y reguladores de la energía evolutiva transmitida hacia
la Tierra en esos primeros momentos. Este proceso perduró hasta el advenimiento
de la Segunda Raza Humana del planeta, que fue paralela a la materialización de
éste. Durante la primera y más aún durante la segunda Raza Raíz, las cuales
fueron etéricas y no manifestadas en los niveles materiales del mismo, las
energías del Regente Solar canalizadas a través de Mercurio guiaron a la
incipiente humanidad en sus primeros pasos.
En este mismo período se
consumaba la instalación de la Jerarquía interna de la Tierra, justo antes del
nacimiento de la Tercera Raza Humana o raza Lemuriana, que posteriormente
haría su aparición en la faz del planeta.
En cada ámbito de evolución de una raza, existen en
el planeta en evolución tres centros mayores en los que se arraiga la energía.
En la raza Lemuriana, el centro regente del planeta se situaba en su superficie
interior, en la ciudad que correspondía al auténtico centro regente
planetario, regido por consciencias cósmicas que en los planos sutiles velaban
por el desarrollo armónico del planeta. Este núcleo era conocido como Iberah o Ibez,
el cual, aunque existente actualmente, fue interiorizado después del fin de la
raza humana lemúrica y sustituido después durante el advenimiento de la raza
Atlante por el centro de Shamballah o Agarttha, como la conocen actualmente sus pobladores.
El centro
planetario de Iberah, en aquel
recién materializado planeta, se estableció para trabajar con la sustancia
matriz del mismo y con su propia esencia. El fuego estaba siendo interiorizado y
controlado para que fluyera como la sangre vivificante de la materia planetaria,
pero su energía era demasiado potente para la futura humanidad que no soportaría
el contacto directo con la misma.
Las Mónadas que habían
desarrollado tímidos esbozos de su condición humana durante las dos primeras
razas raíces, esperaban con impaciencia su materialización en la superficie
del planeta. En sus etapas previas vividas en los reinos mineral, vegetal y
animal; las Mónadas no determinaban el rumbo de sus experiencias materiales,
sino que se expresaba en la naturaleza por medio de un Alma Grupo que controlaba
a un conjunto de seres con una misma raíz, y cuya trayectoria evolutiva era
trazada por consciencias mayores. Pero ahora la cosa era bastante distinta: La Mónada
humana era capaz de construir una única proyección de sí misma que actuaría en los
planos materiales con completa determinación de las situaciones que se le
presentan a sus cuerpos físicos en el cumplimiento de su tarea evolutiva.
Cuando la Tercera Raza
Raíz,
la Lemuriana, se materializó en la superficie de la Tierra, era sexualmente
activa a diferencia con las dos Razas Raíces anteriores asexuadas, aunque
durante sus dos primeras Subrazas los individuos eran andróginos, es decir,
hermafroditas, poseyendo la dualidad sexual encarnada en un solo cuerpo.
De esta época
procede, y es instaurado en la Tierra el símbolo andrógino por excelencia,
representado en la Esfinge (Sfigx), el símbolo que la humanidad actual conoce
por la impresionante figura de la Gran
Esfinge de Gizeh, muy posterior a esta época, pero detentadora de toda
la poderosa simbología lemuriana.
No
obstante, la Esfinge es mucho más que eso, representa a la Sabiduría Divina
encarnándose en la Tierra y siendo forzada a probar el amargo fruto de la
experiencia personal, del dolor y el sufrimiento obtenidos en la experiencia del
tránsito por la materia terrestre. La Esfinge es en sí el testigo imperecedero
de la evolución de las Razas Humanas, al igual que contiene el enigma de las
Edades Insondables.
Otro símbolo
identificativo de la edad Lemuriana, nacida bajo los auspicios de Marte y de
Venus, es la Svástica, representativa de los principios masculino y femenino en
la Naturaleza, de lo positivo y lo negativo, de Marte y Venus. Precisamente
Venus desarrolló una tarea muy importante en la formación de los cuerpos
materiales de los primeros seres hermafroditas de la Raza
Lemuriana, mientras
que la influencia de Marte se hizo sentir en el último período de ésta con la
separación de los dos sexos.
Durante
las dos largas edades que marcaron la evolución de las dos primeras Subrazas Lémures,
los individuos comenzaron a evidenciar una cualidad sexual por encima de la
otra, hasta que finalmente, constituyeron el cuerpo de los hijos de Henosh, el
ser diversificado sexualmente.
Posteriormente
hacia el final de la raza Lemuriana se produjo la dualidad sexual. Que fue
prematura, y causa de muchos desequilibrios en el desarrollo de las energías
humanas en formación; pues aún no existía en esta raza el raciocinio en sí,
sino un cuerpo instintivo que resultó
muy difícil de manejar por sus flamantes ocupantes. Realmente esa elección
humana acarreó que la potente energía viva de Iberah
potenciase aspectos primitivos y groseros en la sexualidad de aquella raza en
formación, mediante la proyección de fuerzas y tendencias que la humanidad
Lemuriana no era capaz de asimilar.



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