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Érase una vez un elefante que soñaba ser otro elefante que a su vez soñaba que era un tercero, el cual, seguía soñando dentro de una cadena interminable de elefantes durmientes. En un momento dado, uno de los elefantes de la infinita cadena se preguntó a sí mismo: -¿Quién soy yo? ¿Cuál es mi realidad? ¿Era, tal vez, su realidad su propio sueño? ¿O quizás fuese ella, él mismo, en actitud de dormir? ¿Y porqué no, la realidad del ser que le soñaba a él…? El elefante no obtuvo respuesta, pero en ese preciso momento, todos los demás elefantes soñaron que se preguntaban: -¿Quiénes eran ellos? y ¿Cuál era su realidad? [Sebastián Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]
La Mirada Interior
Cuestiones clave en nuestra reflexión
¿Es posible que las terribles injusticias sociales y las tragedias humanas a las que asistimos anonadados sean promovidas o al menos permitidas por una entidad divina que supuestamente es justa y sabia? ¿O éste es un mundo sin ley ni misericordia en el que Dios no existe y la moral se reduce a robar y matar sin ser descubierto...? Esta pregunta que parece de catecismo básico, tiene sin embargo una importancia capital a la hora de fijar nuestra escala de valores y nuestra actitud ante la vida. El postulado de que Dios no existe está actualmente muy arraigado en el subconsciente general, y su consecuencia inmediata es una falsa moral y una desesperación por alcanzar la riqueza material como única fuente de seguridad en este mundo. Aunque para ello tengamos que arrebatar por la fuerza o por la mentira la parte que también les corresponde a nuestros vecinos. Imaginemos ahora que este mundo es simplemente una mala pesadilla en la que nosotros estamos sumergidos de tal forma que la imaginamos como una realidad absoluta. No recordamos nuestra vigilia (el tiempo anterior a nuestro nacimiento) y tampoco conocemos la proximidad de nuestro despertar (la hora de nuestra muerte). Pues estos dos aspectos son expresiones de una relación armoniosa entre los mundos externos e internos donde toda su energía está integrada. La evidencia de este último postulado no es una entelequia, sino la consecuencia de la aplicación del método deductivo y racional de análisis de las causas y consecuencias que observamos a nuestro alrededor después de aplicar las correspondientes escalas de casación, tal y como los planteaban los filósofos clásicos. Anaxágoras de Clasomene, creía firmemente que los prototipos espirituales de todas las cosas, lo mismo que sus elementos, se encontraban en el Æter sin límites, donde eran generados, de donde evolucionaban y adonde volvían. Anaxágoras (500 años a.C.) conocía y enseñaba la teoría de los Vórtices Elementales al igual que Pitágoras, Aristarco, Seleuco, Arquímedes y tantos otros sabios de la antigüedad. Y dedicó gran parte de su vida a la divulgación de lo que él llamaba la “Revelación Primordial”, más tarde conocida como el concepto de “Anima Mundi” o alma del mundo. Éste filósofo, al igual que haría también Platón, se dedicó a propagar la idea de la “Inteligencia Mundana”, el “Nous”, el principio que existe absolutamente separado y libre de la materia, y que obra con arreglo a propósitos ignotos. Este Nous, es lo que constituye la conciencia de todo lo que existe, desde un átomo a un planeta. El concepto del Nous esencial o mente universal como motor de la materia y alma animadora inmanente en todos los átomos es fundamental para entender el concepto espiritual en su dimensión lógico-deductiva. Sócrates
habla a sus discípulos de la inmortalidad del alma, y define el camino de la
“Filosofía”, como la vía de la liberación de todo lo ilusorio y
sensorial. La Filosofía, tal y como la enseñó, es el razonamiento lógico de
la mente aplicando la Ley de la
Similitud, para desentrañar los misterios incognoscibles, mediante su
comparación con símiles familiares cognoscibles, haciendo descender desde los
mundos superiores a los inferiores a la Filosofía al apelar directamente a la
razón terrenal.
El mensaje de Sócrates era de factura simple, pero de
trascendencia universal: ‘Desarrolla en ti mismo lo que tú eres': ¡Conócete
a ti mismo! Para Hegel, el cometido de la filosofía es explicar el desarrollo del espíritu absoluto; esclareciendo la estructura racional interna de lo absoluto, y mostrando el destino o el propósito hacia el que se dirige. Pero, durante su época, las claves de la Philosophia griega se habían perdido, y en el núcleo del estudio del espíritu absoluto de Hegel se encontraba un obstáculo insalvable para la mente humana. No en balde, el propio Pitágoras siempre repudió, por modestia, llamarse a sí mismo: "Filósofo", entendiendo por tal: ‘El que conoce las causas ocultas en las cosas visibles’. Y por ello se llamaba simplemente: "Sabio", que quiere decir: ‘El aspirante a la Filosofía, la sabiduría amorosa o Sabiduría del Amor’.El fracaso de Hegel, en el intento de racionalizar el espíritu, cristalizó en el movimiento pesimista encabezado por Arthur Schopenhauer, que proponía los elementos éticos y metafísicos dominantes en su época, integrados a una filosofía atea y pesimista basada en los ideales de los eruditos del Renacimiento y de la Ilustración. Aunque al final, el callejón sin salida en el que sus ideas naufragaban de tedio, le hizo aferrarse al estudio de los sistemas filosóficos del budismo e hinduismo y del misticismo cristiano. El continuador natural de estas dos corrientes filosóficas fue Eduard von Hartmann, que intentó elaborar una síntesis de las ideas filosóficas de Schopenhauer y Hegel. La contribución de Hartmann al pensamiento filosófico de su época, fueron sus tesis de que la consciencia humana y todo el proceso físico del mundo están relacionados al conflicto entre dos causas metafísicas opuestas, la ‘voluntad inconsciente’ y la ‘idea consciente’. Asoció la evolución del intelecto con el conocimiento de las ilusiones para conseguir la felicidad y concibió la salvación del individuo mediante el triunfo de la razón y a la extinción de la voluntad consciente.
Gautama Buddha reunía entorno suyo en la India a un grupo de discípulos y les hablaba con estas palabras en su sermón de Benarés: << Ésta es la Noble Verdad respecto al origen del sufrimiento. Es el deseo vehemente el que causa la renovación de las trasformaciones... >> Ésta era la gran enseñanza que emanaba de la boca de Buddha: << La vida es sufrimiento y el hombre debe de buscar los medios para liberarse del mismo y llegar a ser partícipe del Nirvana. El hombre en el curso de sus encarnaciones está sujeto al deseo de reencarnaciones continuas, pero en contraposición, la única meta digna de esfuerzo es la de liberarse precisamente del deseo de esas reencarnaciones continuas, para penetrar en el estado existencial en el que el alma ya no siente el impulso de utilizar un cuerpo físico para unirse a la existencia fenoménica y sensorial. Si no que por el contrario, el de permanecer unida a los planos espirituales superiores o Nirvana. El hombre debe de buscar pues, la perfección del propio ser a través de la independencia de la existencia física, con el fin de unirse a todo lo que le liga al origen de su propio ser divino espiritual. >> El Camino del Medio es el método más corto para aspirar a la perfección espiritual, abrazar el ascetismo en mayor o menor grado y relacionarse lo menos posible con el aspecto exterior de la existencia era y es la meta de todo buen discípulo de Buddha. Él predicaba, lo que mediante la Meditación desveló bajo el árbol Boddhi, al alcanzar la Iluminación, o consumación armoniosa de la elevación del Kundalini. Este camino hacia la Iluminación es el denominado como ‘El Camino del Medio’, el cual fue explicado por Buddha como sigue: << El hombre no alcanzará todos los conocimientos si se entrega demasiado a la vida sensorial; ni tampoco los adquirirá si meramente se mortifica y se retira de la existencia corriente. Al igual que con la tensión del laúd, así también en cuanto al estado del alma humana, hay que elegir el justo medio… >>
¡Crea en ti la perfecta vacuidad! ¡Guarda la más completa calma! Entonces, todo puede surgir a la vez, contempla su cambio. [Lao Tse, Tao Te King]
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