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Mi pueblo, los Pitris, los hijos de Pitâ, cuyo nombre significa “antepasado” o “padre” como tú mismo pareces olvidar; fueron creados antes que los Hombres y forman parte de la tercera emanación o creación primaria desde las Tinieblas a la Vida Manifestada.
[Sebastián
Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

EL LEÓN DE PLATA

EL
AGUA DE
ROTH
(II)

1.
EL
AGUA DE
ROTH
(
PARTE II )
El agua de Roth es el agua de la videncia, el agua que lava el velo
de Mâyâ de los ojos del adepto, permitiéndole ver en cada
ser fenoménico el halo del espíritu que lo anima.
Atmah
se desprendió de sus vestimentas y se introdujo en el agua cristalina del
estanque mágico; nadando suavemente alcanzó al momento el otro borde del
embalse y se dispuso a subir al recinto de la isla por medio de unas
escalinatas de piedra que ascendían desde el mismo fondo del estanque hasta la
isla sagrada. Las figuras de piedra de dos esbeltos cisnes coronaban magníficamente
los robustos pasamanos de las escaleras, como reclamando al viajero el tributo
de una reverencia ante el sagrado lugar. El joven asceta, correspondiendo a la
magnificencia del lugar realizó tres profundas salutaciones introduciendo su
cabeza repetidamente dentro del agua, la cual, pronto chorreó sobre sus ojos
nublando parcialmente su visión y haciendo que sus ojos lagrimasen
abundantemente.
Al principio, pensó que el
agua que le hacía parpadear, era la responsable de que no pudiera enfocar bien
los objetos que le rodeaban y la causa de que los viera borrosos y algo
difuminados. Lentamente, al subir las escaleras, se dio cuenta de que las
figuras materiales que lo rodeaban mostraban a su alrededor un velo etérico que
brillaba con unos colores rutilantes, vibrando tenuemente, lo mismo
que ocurría con ciertos núcleos de diminutas luces que flotaban en el aire como enjambres
de insectos, de los cuales no había sido consciente anteriormente.
El joven iniciado se dirigió hacia el pequeño
obelisco que se hallaba erigido en la gran base del árbol padre y quedó
ensimismado al comprobar como esos núcleos eran en realidad el campo etérico
de las diminutas entidades feéricas, Devas o Chaitans
menores que flotaban en su derredor.
Con un flujo regular, los devas rodeaban el corazón
del bosque para alejarse posteriormente, cargados de la energía Brill
que distribuirían por entre las flores y plantas del entorno boscoso. Atmah
permanecía observando a estos diminutos devas que continuaban incasablemente
con su tarea de construir y destruir las imágenes, formas y estructuras de
todas las criaturas materiales.
Ensimismado en su nueva facultad, observó por un
dilatado espacio de tiempo el ir y venir incansable de los seres feéricos,
hasta que consciente de su tarea, y desandando su acuático camino, se aprestó
para dirigirse al templo de los Hijos de Ad
cumpliendo así con la última fase de su iniciación.
Los templos de los Hijos de Ad se hallan distribuidos con relativa frecuencia en los lugares más carismáticos de la Paradesa;
el más próximo, se localizaba a poca distancia justo en el límite norte del
maravilloso jardín donde él se hallaba. Sin pensarlo dos veces, Atmah tomó el sendero que saliendo directamente del estanque se
dirigía hacia el Monte Mérou,
el mítico Polo Norte o vórtice magnético y mágico que en la antigüedad
sirvió de puerta de acceso entre los dos mundos…
Caminaba muy animado,
observando los refulgentes colores de todas las plantas y de los animales del
entorno, cuando de repente, la rama
de un árbol de extraño brillo irisado llamó poderosamente su atención. Como
si de una dislocación astral se tratase, una figura de poderoso fulgor surgió
de la corteza del árbol, en actitud de desperezarse de un largo sueño.
La figura se asemejaba en todo
a la nudosa corteza de la gruesa rama de la cual parecía desprenderse como si
de una segunda y rugosa piel se tratase.
-
¡Hola…!
Buenos días, ¿qué tal estas hoy…y…? ¿Tú quién eres…? ¿Hacia dónde
te diriges…? –comenzó a hablar de forma atropellada el deva
en la mente de Atmah,
mientras se seguía desperezando…
Atmah quedó horrorizado ante la imparable charlatanería de aquel
ser “burbuja” y comenzó a darse cuenta de que tal vez su nueva facultad
vidente no iba a ser tan “emocionante”
como preveía él en un principio, si –como empezaba a intuir-, dicha
facultad implicaba lidiar con muchos “amigos” como éste.
-
¡Eh! ¿Estás
sordo…? Estoy hablando contigo… ¿no me oyes…? –repetía mental e incansablemente el hombrecillo etérico mientras perseguía volando al atribulado
asceta.
-
Estoy muy
ocupado ahora… tengo que atender sin demora uno de los más acuciantes
compromisos… hoy no tengo tiempo de charlar contigo, quizás en otra ocasión…
¿eh?… -balbució
entrecortadamente, en la mente del deva, el joven iniciado apretando
decididamente el paso.
-
¡Un
acuciante compromiso…! ¡Qué interesante…! ¿Me lo contarás todo? Yo no he
tenido nunca un “acuciante compromiso”
¿Eso qué es… te duele algo para que aprietes el paso de ese modo…?
¡A mí puedes contármelo todo sin miedo!, soy reservado como una tumba…
claro que no sé muy bien cómo es una tumba porque nosotros no morimos… pero
tengo un amigo gnomo que me cuenta
cosas increíbles acerca de los cementerios y las tumbas…
-
¡Basta
ya…! –dijo el joven humano a punto de perder los nervios-. Créeme, no tengo
tiempo ahora, pero… bien… te diré quién soy, me llamo Atmah,
soy un joven Âditya,
y en éste momento, como aspirante a Dwija, me
dirijo hacia la culminación de mi prueba ascética del Sakridâgâmin,
la cual me ungirá como uno de los fervorosos Hijos de Ad, los
Hijos de la Voluntad y del Yoga. ¿Comprendes ahora mi premura…? ¿Entiendes
porqué he de mantener el mayor silencio y concentración posibles?. Por favor,
incansable hijo de Pitâ,
permíteme cumplir con mi sagrada tarea y prepararme para el trascendental
momento, que tú, en tu divina ignorancia, no alcanzas a evaluar en todo su
esplendor.
-
¡Ah! Ya
veo… eres un hombre orgulloso… uno que se dice descendiente de los Hijos de
la Niebla de Fuego, y que ni
siquiera domina los “fuegos” más
elementales en su interior… -tristemente,
el deva solitario, dio media vuelta y se dispuso a desaparecer por entre la
espesura del bosque.
-
¡No! ¡Espera…!
¡Escucha…! Yo no he querido ofenderte, no deseo aparecer presuntuoso a tus
ojos y te ruego que disculpes el malentendido que mis palabras hallan podido
causarte...
-
¿Malentendido…?
Escucha… ¡Oh jactancioso humano adyta…!
Mi pueblo, los Pitris, los hijos de Pitâ,
cuyo nombre significa “antepasado” o “padre” como tú mismo pareces
olvidar; fueron creados antes que los Hombres y forman parte de la tercera
emanación o creación primaria desde las Tinieblas a la Vida Manifestada –el
dedo admonitorio del deva ahora se paseaba vacilante pero incansablemente por delante
de las narices de Atmah-.
Aunque los Pitris o los Lha, como también se nos conoce, estemos dotados
con la cualidad de la pasividad, no quiere decir que seamos “estúpidos” ni
nada por el estilo, nosotros moldeamos el cuerpo etérico del hombre mediante
las cuatro llamas y los tres fuegos y lo llenamos materialmente, creando de esta
manera el cuerpo etérico-físico; al igual que realizamos con todo lo que
existe en el universo manifestado. Siendo esto así, ¿cómo puede un jarrón
decirle a su alfarero que tiene mucha prisa y que no puede atenderle? ¿Eh? ¿No
contestas…? ¿Te has tragado la lengua?
-
Yo, esto… no sé que decir, no pretendía
molestarle –dijo mentalmente el atribulado y joven asceta.
-
¿No pretendías
molestarme…? Pues bien, lo has conseguido ¡y de qué modo!. Yo mismo trabajé
en el desdoblamiento de tus células primigenias cuando tú aún no eras más
que un renacuajo en el seno de tu madre. ¿Y crees que me enorgullezco de
ello…? ¡Pues no!. Ahora resulta que tú no eres más que un engreído
muchacho jugando a ser el “rey del mundo”. Los humanos, creéis poseer
la creación, sólo porque sois conscientes de ella, aunque en realidad,
vosotros seáis la forma más elemental y básica de autoconsciencia en el mundo
fenoménico. ¿Quieres saber qué significa la “rimbombante” frase que has
empleado: “mi prueba ascética del Sakridâgâmin,
me ungirá como uno de los fervorosos Hijos de Ad…” ¿Sí…?
Pues, sencillamente la palabra Aditi
es sinónimo de Akasha y ambas
rememoran el espacio. Eso significa que simplemente vosotros sois unos
“ocupantes materiales” más del espacio-tiempo, igual que un elefante, una
piedra, o incluso una lechuga.
-
¡Creo
que no soy merecedor de escuchar semejante desatino! –se expresó mentalmente
y bastante molesto el adyta-. Nuestra raza ha alcanzado uno de los estados
evolucionarios más elevados dentro del reino de Mâyâ
o reino de las ilusiones. En cuanto a tu libre interpretación de la palabra Aditi, has de saber que ese “espacio” al que te
refieres es en realidad el Padre y la Madre de todos los Dioses, y que él es el
Quinto Elemento, el Akasha, el cual es
la raíz de todo lo creado, incluidos de los devas “parlanchines” como tú.
-
En una
cosa tienes razón: no he sido justo al compararos con los “sabios
elefantes”. Pues ellos son mucho más “evolucionarios” que vosotros.
Incluso, ésta afirmación se encuentra reflejada en los hierogramas sagrados,
cuando dicen:
<<
El elefante que ve su mole reflejada en el lago, y la mira y se marcha porque la
cree el cuerpo real de otro elefante, es más sabio que el hombre que al mirarse
en la corriente de la vida dice: “Ese soy yo… Yo soy yo”. >>
Aquellas palabras del deva desorientaron a Atmah,
no recordaba si lo que decía su “quisquilloso” oponente acerca del
elefante, estaba realmente escrito o no en los hierogramas sagrados, y de ser así,
desconocía además, cual era su significado real y oculto; pero el mero hecho
de ponerlo en duda implicaría admitir su propia ignorancia. Así que con todo
el dolor de su corazón optó por una retirada honrosa y comenzó a
“recular” mientras se deshacía en excusas de todo tipo con el ánimo de
aplacar a su incansable oponente.
-
Esto…
¡Sí! Puede que tengáis razón, los humanos somos una especie prepotente y
orgullosa, comparada con los sabios elefantes que conviven con nosotros en el Âgarttha.
Así pues… mis ocupaciones me reclaman… y debo partir de inmediato.
-
¡Ah…
No! A mi no se me da la razón como a los “tontos”. Sé muy bien que lo único
que quieres es zafarte de mí. Pero está lejos de mi ánimo el desfallecer en
una cuestión de principios y de honor… -Y el impetuoso deva, incansable en su
plática, continuó sin tregua sus disquisiciones; absurdas unas y profundas y
meditadas las otras, confundiendo aún más a su pobre oponente en un mar de
contrasentidos y disparates mezclados a partes iguales con los pensamientos más
sublimes, cociendo todo ello en la marmita burbujeante de la sabiduría
ancestral.
Atmah,
durante gran trecho de su camino, fue andando lateralmente en una “huida
controlada” como hacen los “cangrejos”,
mientras que con sus “pinzas dialécticas” se defendía a duras penas
del acoso implacable de su oponente, el cual, inconteniblemente locuaz, le
acompañó en esa incómoda “huida” casi todo el trayecto hacia
el sagrado recinto iniciático.
eeeeeee
A la luz
de los globos luminiscentes, el rostro de Atmah
se anima ahora con una sonrisa relajada que distiende sus cansadas facciones. Él
recuerda claramente a Lhamany,
el deva que imperturbablemente le había atormentado sin el menor remordimiento,
para “mejorar su espíritu” –según decía él, claro está-. Aquel
ser modelaría su humildad en los años siguientes a ese primer encuentro de la
misma forma expeditiva que utilizara la primera vez, y continuaría haciéndolo
así durante los primeros años de su ascesis. Su dedicación y buen hacer
hurgarían tan profundamente en los oscuros resquicios de la conciencia de Atmah,
que éste preferiría, en adelante, fracasar en una prueba de ascesis a tener
que purgar sus malos pensamientos y defectos enfrentándose a la mordaz y
despiadada palabrería de aquel implacable y, a la postre, querido ser.
Atmah
comienza ahora a reír abiertamente, al recordar su preocupación por el
misterioso “enigma del elefante”, y de cómo lo primero que hizo al iniciar sus
estudios de segundo nivel fue informarse con “pelos y señales” del
significado de aquella alegoría a la trascendencia del ser y su relación con
el engañoso mundo de Mâyâ.
Esa misma alegoría preconiza al auténtico Yo humano, no como el cuerpo y la
mente encarnadas en el mundo fenoménico y cambiante, sino como el No-Ser, el núcleo
espiritual, la Mónada (también llamada el Dragón Doble), la cual, es quien
realmente desciende al mundo de las formas dentro de un cuerpo físico.
Pero el “enigma del
elefante” no había sido más que el inicio de una sucesión inacabable de
trampas mentales y acertijos que lo habían sumido en una inquietud constante
hasta que, con el tiempo adquirió la virtud inefable y el poder irremplazable que provienen de
la capacidad de reírse de uno mismo y de su propia ignorancia.
Atmah
se siente mejor ahora y se da cuenta de lo ciego que había sido al preocuparse
y angustiarse obstinadamente en la consecución de la presente prueba…
¡Cuánto echaba de menos a su
querido censor! ¡Cómo le hubiera gustado comunicarse con alguien durante estos
dos últimos largos años!. Pero, él estaba ahora aislado del mundo y toda
comunicación, incluso con un Lha
excéntrico como
Lhamany,
le estaba prohibida.
Realmente, lo que le habría gustado era haber podido
charlar con su guía, con su querido y noble maestro Djul
Nor.
Como penetrando en los rincones más soleados de su
mente, se esfuerza por recordar el primer encuentro con el que sería su Gûrû,
el ser que dirigiría su ascesis y sus progresos en el Shamut. Atmah, que finalmente alcanzó por aquél
entonces el grado de Dwija o
iniciado del Sakridâgâmin, se encontraba ahora en trance de culminar la
iniciación del Anâgâmin en la que él sería reconocido como Pundit
–si ciertamente lo lograba con éxito...
Después de que el incansable deva le abandonase,
casi a las puertas del templo de los Hijos de Ad.
Atmah
ya no estaba tan seguro de sí mismo, y de que al adquirir en el templo una
nueva facultad, -como había ocurrido anteriormente con la videncia-, ésta le
fuera a repercutir en una experiencia agradable -en vista de lo ocurrido con el
recalcitrante Lha-, por lo que, según se acercaba al templo, él se iba mentalmente
preparando para una experiencia de carácter riguroso e incluso desapacible.
El templo lo constituía una sencilla plataforma
circular de piedra de cuatro niveles o escalones circulares que representan a
las cuatro iniciaciones a alcanzar en este planeta, Srôtâpanna,
Sakridâgâmin,
Anâgâmin y Arhan.
En
la plataforma superior, cinco columnas se elevaban hacia la luz perenne
del sol interior. El recinto sin techo se cerraba al exterior, únicamente
mediante una cortina de cuatro colores que se extendía sobre los cinco pilares.
Ellas constituían las Cinco Columnas del Pentágono Sagrado que representan los
Cinco Sentidos y las Cinco Razas Raíces que han evolucionado hasta hoy, y que completarán la Cuarta
Ronda Planetaria con el advenimiento de la Séptima Raza Raíz, para cerrar el círculo desde la
raza etérea a la espiritual.
Los cuatro colores de la
cortina: naranja, azul, púrpura y escarlata;
representan los cuatro puntos cardinales y a los cuatro elementos
terrestres. Éstos son el vehículo para conocer y desarrollar nuestros cinco
sentidos y las cinco verdades ocultas de la naturaleza.
Las
columnas se hallaban colocadas sobre pedestales rectangulares, a modo de cubos
perfectos de forma que éstos disponen sus caras laterales mirando a los cuatro
puntos cardinales, custodiados a su
vez por las cuatro figuras de los Chaitans zodiacales
grabados en cada uno de sus costados.



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