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Atmah
comenzó a andar con paso decidido por el camino que saliendo de su antigua
morada se unía a los múltiples senderos que, marcados por los adytas,
terminaban formando el camino general que conducía a la Isla Blanca,
la ciudad de Âgarttha, ¡la inalcanzable a la violencia!.
El
joven yoghi,
caminaba armoniosa y rítmicamente -como las tradiciones seculares se lo exigían-
contemplando los hermosísimos bosques y jardines que extendiéndose a la ribera
del camino desplegaban un suntuoso aspecto. Árboles centenarios alineados en
hileras exactas que representando signos, figuras y hasta hierogramas del
lenguaje Vattan,
se delineaban sobre campos exultantes de vida y color.
[Sebastián
Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

EL LEÓN DE PLATA

EL
AGUA DE
ROTH
(I)

1.
EL
AGUA DE
ROTH
(
PARTE I )
Atmah
se rebulle en su camastro de tela, un sonido familiar llena la cámara al
girar su cuerpo sobre la tela encerada, éste era el único tipo de sonido que
se escuchaba regularmente en la pétrea galería. El asceta permanece inmóvil
por un momento y a continuación -como esperando una respuesta a sus acuciantes
temores-, se concentra mentalmente en los globos de gas oxhídrico luminiscentes
que se hallan magnetizados en las cuatro esquinas del habitáculo.
¿Cuánto tiempo hacía que
permanecía solo en el
pasillo pétreo que zigzagueaba como un infinito laberinto en las entrañas de
la fría roca? –se pregunta vagamente-. Lo sabe demasiado bien: son dos años,
tres meses y cinco días…
Y durante todo este tiempo, había
permanecido con la mirada fija en la fría y desnuda pared…
Me estoy volviendo loco –se estremeció ligeramente
al pensarlo- ¡Me he convertido en una deshonra para mi orden… como Pundit
no encuentro la
salida al problema…! Me pregunto, si habrá existido alguien que haya muerto
en esta empresa sin conseguir la dorada meta…
Sus pensamientos se encadenaban en una
secuencia vertiginosa y febril –como últimamente siempre terminaba
ocurriendo- que le transportaba a un estado de depresión e inacción frustrante
y desmoralizador, el cual, ralentizaba sus acciones y embotaba su mente.
Pero él temía en el fondo de su
alma, mucho más que a la muerte a otro enemigo aún más terrible… ¿Qué es
la Muerte comparada con la Locura…? –Se pregunta ansiosamente.
<< La Locura es la Gran
Muerte, ella mata a la Mente, ella corroe el Alma y abre las puertas del gran
abismo del Ahankâra…
>>
Recita mentalmente la terrible fórmula escrita en
los Hierogramas Sagrados de la Gran Biblioteca del ciclo de Ram.
Casi de
inmediato, murmura las estrofas sucesivas sintiendo como el terror crece en su
interior por momentos:
<< El abismo gigante se
abre camino comenzando con una ínfima grieta en el suelo, cuanto más fuerte,
cuanta más tensión exista en la
piedra, más cruje ésta cuando la grieta se abre camino... >>
¿Cuándo
y donde comienza la fatídica grieta? –Se pregunta, sintiendo ahora crecer su
angustia-. ¿Se habría iniciado quizá ya para él…?
Súbitamente se da cuenta de su situación actual;
había rebajado la tensión y su mente ha escapado nuevamente como el pájaro
que libre levanta el vuelo al notar la mínima debilidad en la mano que lo
aprisiona. Intentando recobrar el equilibrio necesario para la transición entre
el estado de sueño y el de vigilia, Atmah
busca ahora desesperadamente un punto de referencia que le permita ancorar ahí
su mente, y así, ordenar sus pensamientos errantes en una estructura mental
definida y concisa.
¿No estuve yo allí…? ¿No
salí indemne de la gran prueba iniciática…? ¿No superé entonces la locura?
–se pregunta a sí mismo valeroso…
Sí, él estuvo allí… recorrió los múltiples
abismos que forman el Ahankâra… y … ¡por eso lo teme! Tanto horror, tanto
dolor… ¿qué pasaría si él quedase ahora atrapado en el bajo astral…?
<< Has de examinar hasta
las piedras que resuenan bajo tus pies, pues en ellas podrás hallar los rastros
de mi venida. >>
Las palabras de su querido maestro viven aún en su
mente… Disciplinadamente, el aspirante a Pundit se
incorpora sobre su camastro de tijera, se calza sus babuchas y se dispone a
sentarse en la habitual postura del loto sobre un rústico cojín. La postura
fuerza algún que otro gruñido de su estómago, ansioso por ingerir la
acostumbrada colación y su té de hierbas caliente.
¡ Pero no será antes de la
meditación! –dice enérgicamente para sí- forzando aún un poco más su
disciplina mental, y consiguiendo de esta forma fortalecer su castigada
voluntad.
La meditación le proporcionará el Prâna para el mantenimiento de sus centros nerviosos superiores, lo
que le proveería también de la preciosa energía viva que restablecerá su autocontrol,
además de la oportunidad de contactar así con la vibración en el nivel del
alma.
La meditación no puede ser
provocada por medios exteriores, surge espontáneamente cuando la personalidad
no está limitada por los obstáculos más groseros.
-
¡ Estoy
perdiendo más concentración cada día…! ¡No avanzo en el Shamut…!
–se lamenta.
Al momento, relaja la mente y
comienza los ejercicios de respiración, casi imperceptiblemente un respingo
incontrolado de frío lo sacude -o quizá de terror- ¿Terror…? ¿A qué? ¿Por
qué…?
-
A la
Locura… ¿A qué sino? -le susurra una voz – o creías que la Tercera
Iniciación era un trámite formal más, como en la celebración del Phams
Rhaat donde el
agua de Roth marca tu Segunda Iniciación y te unge como Dwija.
El Aj –que es ahora su invisible interlocutor- vuela
dentro de su cabeza haciéndole sentir las voces perfectamente reales y
provenientes de todos los puntos cardinales, como si otro ser hubiese poseído
su cuerpo y su mente.
-
En
aquella ocasión parecías un pez globo de lo hinchado que estabas aquel día…
y hoy, mírate hoy... no eres mas que un excremento de Us,
temblando a cada momento y a merced de cualquier Grock que quiera infiltrarse en tu mente.
-
¡ Om Manipadme! ¡ Hum!
-repitió Atmah
la salvadora letanía- ¡
Om Manipadme! ¡Hum!, -repitió por tres veces…
En medio de una indescriptible
frustración, su mente aún navegaba a la deriva, golpeando, de cuando en cuando
con su voluntad, el timón de su frágil razonamiento, y haciendo escorar
peligrosamente, con cada cambio de humor, la insegura nave que ocupaba su Yo
consciente.
Atmah se concentró entonces en el recuerdo de aquellos días de
serena alegría y confianza en sí mismo:
La celebración del Phams
Rhaat marca el
cenit astrológico anual de la trasmigración de las almas hacia las diferentes
esferas de la ronda de los Siete Globos. Es cuando el Rupa, el alma fenoménica se eleva hacia el Arupa,
o ser sin forma, en la inversión del ciclo de materialización.
En ese día, según lo estipulado por los sagrados
colegios, el aspirante a Dwija o
iniciado del Sakridâgâmin, el segundo nivel,
se presenta después de que el agua de Roth
le haya purificado para sus correspondientes pruebas en el templo de los Hijos
de Ad,
los Hijos de la Niebla de Fuego de
la Voluntad y del Yoga.
Atmah
recordaría siempre con ilusión aquellos luminosos días previos al Phams Rhaat
y sobre todo aquella mañana en la
que un joven aspirante a Dwija se preparaba con ahínco
en la culminación de la ansiada ascesis.
La imagen clara y concisa de un Atmah
juvenil se forma en su mente –aún algo confusa y angustiada-, haciendo que el
fatigado rostro esboce una tenue sonrisa, al recordar la cándida alegría de
aquél joven âgartthiano,
que aquél día
estrenaba su primera prueba ascética, lleno
de vida, enfocando entonces todo su ser en los importantes acontecimientos que
le abrirían las puertas del camino ascendente, el
Shamut
o Senda Sagrada, y su inclusión así, en el rango de iniciado del
Sakridâgâmin.
Sus padres esperaban pacientemente, en la entrada de
su hogar, que su hijo terminase con la consecución de los ritos domésticos
preparatorios, que el protocolo asigna a aquél, que accediendo al grado de Dwija, abandona la casa que le vio nacer para proseguir sus estudios
en uno de los sagrados colegios.
Si su ascesis fuera fructífera, ésta habría sido
su última noche en la casa de sus padres. En consecuencia, aquel nuevo día le
había traído a la mente un sentimiento nostálgico, del cual, el joven asceta
estaba decidido a desprenderse. Este sentimiento melancólico zumbaba como un
insecto dentro de su cabeza, y se aferraba con “uñas” y “dientes” a
todos los pliegues de su mente de una forma realmente tenaz; ocultándose en los
más leves resquicios por un momento, para
aparecer de improviso al siguiente, con su molesto zumbido. Atmah
podía presentirlo como un ligero rumor, como el cadencioso latir del corazón
de su gato, que dormido sobre su regazo, tantas tardes había acompañado el
discurrir de sus pensamientos, contemplando el eterno fluir de las apacibles aguas
del río
GandHa.
Pero ahora, él como aspirante a Dwija, no podía permitir que cualquier pensamiento espurio le
hiciese perder el control desviándolo de la meta: ¡Alcanzar el perfecto
dominio de todos sus pensamientos y acciones!
Atmah
se encontraba en ese momento, en el corazón del edificio que había constituido
su feliz morada durante los apacibles y gozosos primeros años de su vida. La
estancia estaba compuesta por un patio abierto y porticado de dintel circular,
sostenido por doce columnas primorosamente talladas con cada uno de los signos
zodiacales. Desde el patio, se
accedía a las distintas habitaciones de la casa mediante un corredor cubierto y
de planta heptagonal, dando paso en seis de sus lados a otras tantas
habitaciones, y en el séptimo, al corredor recto y porticado que hacía las
funciones de recibidor, en cuyo final se situaba la entrada exterior.
El patio interior dejaba
penetrar los cálidos rayos blanquecinos del sol situado en el centro del
planeta, su luz lechosa inundaba toda la estancia, y en especial la fuente que
manaba ininterrumpidamente un agua cristalina de rumor alegre, extendiendo su
musicalidad por todos los rincones de la casa.
El joven yoghi
descansaba en la acostumbrada postura del loto, concentrando todos sus sentidos internos y externos
en el agua que manaba de la fuente; en ese agua, en cualquier momento, debería
materializarse la Flor de Vâch
que les fue entregada a sus padres en el día que se produjo la concepción de
su hijo, y que ellos a su vez, arrojaron a la fuente el mismo día de su
nacimiento…
‘Vâch
es la madre de cuanto vive...’ -rememora Atmah
la cálida voz de su madre, grabada desde su más tierna infancia en su
cerebro-, ‘...Vâch
es la hija de Kâma,
e idéntica a Virâj;
Aquella que es recordada fielmente por los adytas
como la divina personificación de la substancia primitiva, siendo llamada: La
Madre de las Razas de los Dioses.’
La casa natal de Atmah,
al igual que todas las casas de los adytas, estaba dedicada a Vâch-Virâj,
como se podía leer en los hierogramas sagrados que se encontraban grabados en
el balaustre que coronaba la cupulilla de la puerta exterior:
<< Ésta es tu hija, ¡Oh Kâma! Ella es llamada la Vaca, aquella a
quien los sabios citan como: Vâch-Virâj.
>>
Vâch
es evocada también como Aditi-Vâch,
la Diosa de la Sabiduría, de quien los Âdityas o adytas
toman su nombre; siendo ellos, así mismo llamados: “Los Hijos de Ad”.
El joven aspirante a Dwija,
alzó los ojos, para contemplar embelesado el reloj planetario que levitaba en
movimiento continuo por encima de él. La gracia y armonía de las esferas de
ricos metales que giraban acompasadamente en el aire, a la altura del dintel circular,
sobresalían
en su máximo exponente cuando el baile continuo de gran belleza alrededor de un
globo de gas oxhídrico luminiscente era seguido por un sereno rumor cadencioso
en la escala cromática.
La perfección de aquel conjunto era tal, que la contemplación de
esas pequeñas esferas girando imperturbables alrededor de aquella que realizaba
las veces de sol sistémico, le había embargado e intrigado desde su más
tierna infancia. Estas esferas vibrantes daban la impresión de que, en su conjunto, no se
trataba de una simple maqueta, sino, de todo un universo real en
miniatura.
¿Vería él algún día con
sus propios ojos ese sol exterior y esos planetas hermanos…?
¿Le llevaría su destino hacia
el mundo exterior y alrededor de esos planetas que como deudos de su señor
estaban magistralmente representados como los Nueve Arcontes en rito de adoración
permanente alrededor del Fuego Central o Demiurgo?
Las esferas armilares levitaban sobre su cabeza
mediante la magia, una de las tres resplandecientes artes que los adytas
dominan, y éstas habían estado girando ahí arriba desde que él tenía uso de razón, acompañando cada día su feliz niñez, pero ahora…
¡Zummm…! ¡Zummm…! ¡Zummm…!
El pensamiento nostálgico volvía
a zumbar en su mente… ¡Qué fatalidad! ¿Cómo puedo ser tan descuidado?
–se recriminó a sí mismo-. Se supone que debería estar en permanente estado
de meditación sin permitirme distracción alguna…
El joven yoghi,
decidió acudir a un recurso infalible que en muchas ocasiones le había
resultado muy útil durante su infancia cuando los terribles Grock
intentaban aterrorizarle durante sus sueños. Desde muy joven, había utilizado
la táctica de la unión con su subconsciente o Aj, la cual fue aprendida de sus mayores en edad muy
temprana. Esta táctica le permitía cerrar su velo etérico y fortalecer su
mente para rechazar a esos temibles enemigos infantiles.
Instintivamente –como había
realizado centenares de veces- el joven asceta frotó el anillo parlante que
poseía en el dedo corazón de su mano derecha y pronunció la invocación de
protocolo:
-
Por la
intercesión de Maat, la Verdad Única, la Piedra de Múltiples Facetas;
concédeme por la gracia de la verdad pura,
que el Aj
se manifieste a través de la piedra lithoi…
-
Yo, Maat, la Verdad Única, permito que el Aj
se manifieste a través de la piedra lithoi, para mayor gloria de Anu,
la Deidad Oculta… –habló así el anillo parlante.
-
Yo soy el
Aj que se manifiesta mediante la piedra
lithoi, para
servir a Maat, la Verdad Única… -repitió la piedra parlante a
continuación, con una cadencia de voz diferente.
El
protocolo había funcionado correctamente y, como si del resorte de un mecanismo
de relojería disparando una secuencia de eventos precisa se tratase, el Aj se encontró listo para ser interrogado e inducido.
Atmah, conoce perfectamente los protocolos básicos del
sagrado arte de la magia
y es a su vez plenamente consciente de que el Aj
no es más que su subconsciente, su propia mente interna, y ésta se someterá a
la disciplina de auto-hipnosis únicamente si la Verdad resplandece en el
proceso de contacto y encuentro entre los dos polos mentales del joven yoghi. Acto seguido, Atmah
procede a la invocación directa del Aj:
-
Atmân, -pues éste es el nombre secreto del sub-consciente
de Atmah - ¡Reconoce que tú y yo somos la misma entidad…!¡Que tu destino y
el mío corren paralelos por la misma senda…! Y… ¡muéstrame en el espejo
de mi alma los pensamientos perturbadores que enturbian el claro reflejo de mi
ser interior! –repitió por tres veces la invocación para atraer fuertemente
la atención del Aj.
-
Hoy, tu
alma está inquieta y tus pensamientos alterados y variables… pues no asimilas
la ruptura que inevitablemente ha de producirse. Así como el fruto se desprende
del árbol para dar nueva vida, tú deberás construir tu propio camino al
margen del de tus progenitores -respondió concisamente el Aj.
-
Que sean
cumplidas, por tanto, las expectativas de la Luz –respondió Atmah-
y que los pensamientos errantes sean disipados como la bruma matutina bajo los
rayos del sol interior; para permitir así, que el cambio se produzca y que las
viejas estructuras mentales sean destruidas, dejando paso a las nuevas
creaciones del Yo…
Atmah
sintió al instante una claridad y serenidad sublimes en sus pensamientos, que
le hicieron constatar que la actuación del Aj había disuelto los nodos conflictivos que residían
en su mente interior.
Dio las gracias a Maat,
sin la cual el mundo de las formas no podría existir, disponiéndose a
continuar con su meditación frente a la fuente mística. Pero en ese instante
su mente se iluminó, a la vez que la imagen del anillo parlante y el sonido de
sus anteriores palabras que aún se perdían por la sala: ‘Que
el cambio se produzca y que las viejas estructuras mentales sean destruidas
dejando paso a las nuevas creaciones…’ Sus propias palabras aparecieron frente a él,
ahora con un significado nuevo y esclarecedor…
El joven adyta
se miró el anillo y lo extrajo de su dedo. El anillo mágico había estado con
él desde su más tierna infancia, acompañándole y guiándole en los contactos
esporádicos con su ser interior. Aquel anillo –que se había adaptado por sí
mismo al crecimiento de su mano- poseía en su sello una diminuta piedra lithoi,
la cual era solo un fragmento ínfimo de las legendarias Piedras de la Verdad o
Piedras Videntes, también llamadas
en la antigüedad: Rocas del Destino o Draconcias por los supersticiosos seres
del Mundo Exterior, debido a sus extraordinarias cualidades, entre las que
destacaban las de moverse hablar y caminar por sí solas.
Los Hijos de la Voluntad y del Yoga habían
recuperado esas piedras, guardándolas en la Isla Blanca, la Paradesa;
cuando, al final de la Cuarta Raza Raíz, los habitantes del mundo exterior, caídos
en la iniquidad y el pecado las comenzaron a utilizar -mediante la magia negra-
para los usos más viles y abyectos.
Solamente la Jerarquía de los Elegidos -herederos de
los pocos supervivientes de la Tercera Raza Raíz, que en el inicio de la Cuarta
fueron autorizados a permanecer en el interior del planeta-, son los legítimos
custodios de las piedras místicas, las cuales, fueron retiradas en su mayoría
de la superficie terrestre, durante la gran guerra que determinó el aislamiento
de los dos mundos y el posterior velo inescrutable que cayó sobre la Paradesa.
En los últimos días de la Cuarta Raza Raíz, que
terminaron en el desgraciado cataclismo global que arrasó la superficie
exterior del planeta. Los Âdityas y los Sâdhus
ascetas o sabios guías, lucharon encarnizadamente contra los Daityas y los diablos Râkshasas
que controlaban
el continente de Kusha en el mundo exterior.
Desde entonces, las piedras lithoi
habían servido en el Âgarttha
como instrumento de unión con Maat, la esencia incorruptible de la Verdad Única. Aunque, Atmah
ahora, era capaz de reconocer que esas piedras, fuera de toda idolatría, eran
únicamente eso, un instrumento, muletas que ayudan en aquello que debería ser
realizado sólo por la potencia viva de la Voluntad.
Sin pensarlo dos veces lanzó
su preciado anillo a la fuente, viendo a continuación que éste se “disolvía”
en el agua, como si de una piedra de sal se tratase. La convicción de que tal
acto era correcto y necesario, era lo único que impedía al asceta lanzarse en
la recuperación de su preciado bien. Por el contrario, él no movió un solo músculo
y contempló impasible la destrucción del anillo, hasta que, al pasar el
tiempo, únicamente un minúsculo grano de sal permanecía aún sin disolverse
en el fondo de la fuente. De repente, un cambio de luz hizo brillar levemente el
minúsculo grano salino, y como si de un cristal purísimo se tratase, irradió
una luz resplandeciente que con su fulgor cegó momentáneamente al adepto.
Al concentrarse de nuevo en el lugar dónde había
desaparecido el anillo, Atmah se encontró con una de las visiones más sublimes
de cuantas había tenido en su corta vida: Una flor de luz, no física, sino etérica,
aparecía flotando sobre las aguas –ahora tranquilas- de la fuente central. El
tiempo parecía haberse detenido, el agua congelado, sólo el chisporroteo etérico
de la Flor de Vâch que les fue entregada a sus padres como presente de
generación, aparecía en todo su esplendor,
siendo
la mística flor a los ojos del aspirante el único ser realmente vivo en la
estancia.
Ante su propio asombro, Atmah
se vio a sí mismo alargando los brazos y tomando la flor. El tacto era cálido,
pero al contacto con sus manos la flor se deshizo rápidamente formando una esfera pulsante
de luz prístina. Sin saber muy bien porqué, se llevó las manos a su pecho y
la luz penetró dentro de él, siendo percibida ahora por Atmah como un hermoso diamante de luz que se hubiera
fusionado con su estructura física, justo en el centro de su pecho.
En ese mismo momento todo volvió
a la vida, el tiempo fue liberado y la fuente comenzó a manar de nuevo con su
alegre repique.
Atmah
salió lentamente del trance, dándose cuenta en ese preciso instante de que la
primera parte de su ascesis se había cumplido, y por consiguiente, ya era libre
de comenzar el camino que lo conduciría por rumbos ignotos hacia su propia
esencia interior.
Aún titubeante, se levantó y
se dirigió hacia la puerta de entrada, donde sus padres, pacientemente, le habían
estado esperando para despedirle –como exige el ritual- y darle su bendición
al inicio de ésta, su gran aventura.
Al llegar a su altura, el joven adyta
se inclinó iniciando una profunda reverencia de salutación. Su madre
-rompiendo el protocolo- lo abrazó vivamente. Su padre, estrechando su mano, le
dio una última enseñanza, con la esperanza de que le fuera útil en su azarosa
travesía a través de Mâyâ,
o reino de las ilusiones:
-
Recuerda
hijo mío –le dijo vocalizando lentamente- que… ‘No hay más que una Ley, un
Principio, un Agente, una Verdad y una Palabra: “Como es arriba es abajo”.
Todo cuanto existe resulta de la exacta cantidad y del equilibrio de esta
cualidad’.
Atmah,
se inclinó ante sus padres en señal de respeto y dirigiéndose a ellos expuso,
en voz alta como manda el protocolo, su sincero deseo:
-
Que la
sabiduría y la observancia de la Dorada Ley, de la cual los Âdityas
son sus más fervientes custodios, os recompense en virtud, y pueda guiarme en
el peligroso trance de la experiencia fenoménica en el mundo de Mâyâ.
Acto seguido, el joven adepto se giró y tomo el
rumbo que lo llevaría por los caminos de la experiencia hacia la consecución
del dhyana, el nivel donde se son vivenciados los cuatro grados contemplativos.
Atmah
comenzó a andar con paso decidido por el camino que saliendo de su antigua
morada se unía a los múltiples senderos que, marcados por los adytas,
terminaban uniéndose formando así el camino general que conducía a la Isla Blanca, la ciudad de Âgarttha, ¡la inalcanzable a la violencia!.
El joven
yoghi,
caminaba armoniosa y rítmicamente -como las tradiciones seculares se lo exigían-
contemplando los hermosísimos bosques y jardines que extendiéndose a la ribera
del camino desplegaban un suntuoso aspecto. Árboles centenarios alineados en
hileras exactas que representando signos, figuras y hasta hierogramas del
lenguaje Vattan,
se delineaban sobre campos exultantes de vida y color.
Cerca
del camino, grupos de ortigas blancas se encontraban en floración, sus pálidas
flores formaban también ordenados ramilletes de un sereno color lechoso que,
como figuras precisas, mostraban signos perfectos sobre un fondo de exuberante
verdor. En este suelo vegetal el joven
yoghi reconoció
un manto de diversas plantas formado con intervalos regulares por la pulmonaria,
la valerianella y las campánulas con sus alegres flores de violáceos tonos
Atmah,
se encontraba absorto en su contemplación, cuando advirtió la presencia de
varias figuras que, levitando con gracia se desplazaban sobre el manto vegetal,
como si el grandioso mosaico se deslizase por voluntad propia bajo ellos. Los
adeptos de tercer nivel -pues sus
vestimentas los definían claramente- cruzaron el camino que transitaba el joven
yoghi, muy cerca
de él, saludándole al pasar con una suave inclinación de cabeza.
Atmah
no
pudo dejar de sentir cierta turbación ante la sobriedad de aquella comitiva y
su dominio de las doradas artes, pues él no controlaba aún el arte de la
levitación que sólo se enseña -en grado avanzado- en los sagrados colegios
a aquellos que acceden al
tercer nivel, al superan la prueba
de adhesión al grado de Dwija o iniciado del
Sakridâgâmin.
Aún así, Atmah,
no pudo abstenerse de intentarlo y comenzó un ejercicio de respiración preciso
que le permitía una semi-levitación, la cual posibilitaba la realización de
grandes zancadas que aumentaban notablemente la velocidad de su paso, pero
pronto desistió de ello, al percatarse de que dichas zancadas le asimilaban más
a la figura de una grulla cantora, que al porte y a los modos de un supuesto
aspirante a Dwija.
Decidió, por tanto, seguir andando armoniosa y rítmicamente, con todo, Atmah intentó aún ensayar
una corta levitación controlada justo cuando pasaba junto a un árbol frutal
para apoderarse de un racimo de cerezas que colgaba alegremente de uno de los múltiples
árboles que a la vera del camino deleitaban al caminante con “algo más”
que su mera presencia. La frugal comida podía ser más que suficiente para
alimentar a su cuerpo físico por varios días, pues la alta acumulación de
energía Brill que se halla concentrada en los frutos y plantas de esas regiones interiores, junto
con el Prâna energético del aire purísimo reinante, podía aportar todos los
nutrientes necesarios para la actividad normal de un individuo sano.
Poco a poco, Atmah
se acercaba al lugar donde se hallaba uno de los múltiples santuarios erigidos
en memoria de Roth.
Éste se encontraba en un entorno privilegiado, constituido por un inmenso jardín
que rodeaba un área lacustre con infinidad de pequeños estanques y canales, que
componían un espectáculo realmente hermoso destacando por su frescura y armonía
entre todos los jardines de la Paradesa.
En unos de los múltiples templetes abiertos en medio
de un maravilloso estanque, dos Dwijas femeninas se concentraban en las tareas de harmonización e
ilustración de un grupo de niños que realizaban cánticos preparatorios para
lo que sería más adelante, el solfeo de los signos teúrgicos que comprendían
la gran ciencia del Aum.
El santuario no lo constituía edificio concreto
alguno, sino que todo el recinto boscoso guardaba el espíritu de
Roth,
el príncipe
adyta que había
guiado los destinos de su pueblo durante las terribles guerras contra los
Daityas
y los diablos Râkshasas
del mundo
exterior, las cuales decidieron el aislamiento de los dos mundos en dos culturas
separadas y realidades diferentes dentro del mismo planeta.
Ese espíritu era tangible en todo el bosque y muy
especialmente en su centro, el cual lo constituía un pequeño estanque que
rodeaba a una minúscula isla, donde uno de los árboles más ancianos de todo
el Âgarttha
se erguía desde hacía miles de años como testimonio inquebrantable de la
voluntad de un pueblo y como núcleo de armonía entre los reinos mineral,
vegetal, animal y humano.
Al acercarse al estanque, el magnífico ejemplar de
secuoya gigante sobresalía como un coloso por encima de los enormes árboles
del recinto. Atmah
se aproximó al estanque con una devoción digna del mejor hijo de Ad. El
tenue resplandor que había desprendido su pecho, desde que en él se disolviera
la flor de Vâch
recuperada en la
fuente paterna, refulgía ahora con una luz etérica y pulsante de textura casi física.
La penumbra que creaban las ramas de los grandes árboles de su alrededor no hacía
sino evidenciar la fuerza de esa luz interior, aunque el joven adepto presentía
que la nueva intensidad de su luz interna se debía fundamentalmente a la
proximidad con el corazón viviente del sagrado bosque.



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